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Esta anécdota nos llegó de buena
fuente hace unos días atrás. Le ocurrió en Buenos Aires a un reconocido colega
penalista especializado en investigación, titular de cátedra y fuente de consulta
permanente en varias universidades de nuestro medio.
Por algún descuido este buen hombre perdió el registro de conductor.
Como tantos que utilizan a diario su vehículo para trasladarse al lugar de trabajo o a
dictar clases en la facultad, estaba francamente desesperado.
Evaluando los pro y los contra de la denuncia policial, y
advirtiendo que ella demoraría muchísimo más el trámite del registro hasta que le
dieran uno nuevo, fue convenciéndose que los mejor era ir directamente a la dependencia
pertinente del Gobierno de la Ciudad a dar un nuevo examen de conductor. Quería
solucionar el tema en el momento y retirarse tranquilo enarbolando el carnet.
Se presentó en la Dirección de Tránsito, esperó pacientemente
su turno y fue atendido por el personal a cargo. "Primero tiene que dar el examen
teórico y si lo aprueba le tomamos en el momento el práctico de manejo y estacionamiento".
Nuestro protagonista comenzó a
repasar mentalmente las señales de tránsito esperando su turno. Lo llamaron finalmente
por su nombre y llevándolo a una sala apartada un policía de riguroso uniforme le
entregó un cuestionario con diez preguntas. "Contéstelo tranquilo que le sobra
tiempo", le dijeron.
Los primeros ocho puntos estaban vinculadas a cuestiones de
señalización, velocidad en zonas urbanas y prioridad de paso, que el colega contestó
con poca dificultad. Para el final, las últimas dos versaban acerca de cuando había dolo
y cuándo culpa en un accidente de tránsito.
El penalista sonrío para sus adentros y comenzó a escribir.
Pocas veces se daría un examen tan completo en relación a estos
puntos, pues el examinado era nada menos que un especialista.. Luego de una breve
introducción a la teoría del delito, definió el dolo en su aspecto cognoscitivo y
conativo, enumerando las distintas corrientes y posturas en relación a la previsión de
la causa y el resultado. Con toda vocación docente explicó también la culpa en todas
sus dimensiones: culpa con representación, culpa inconsciente, teorías causalista y
finalista y el problema de la responsabilidad objetiva.
Para el final quiso florearse un poco invocando términos y
adagios latinos como el "aberractio ictus", el "dolus generalis",
"nullum crimen sine culpa" y algunas referencias a Carrara, Beccaría y
Bustos Ramírez.
Cuando entregó el examen seguro y satisfecho, el policía lo
miró con asombro. Para responder las dos últimas preguntas había escrito ¡más de
cuatro carillas!.
"Espéreme afuera que corrijo y lo llamo", le
dijo el uniformado.
Apenas quince minutos después, el policía llamó por su nombre
al doctor en derecho y medio tentado le dijo socarronamente. "Disculpame pero
estás reprobado. Te explico por si no entendiste nada: dolo es intención y culpa es
negligencia. Era lo único que tenías que decir y no lo pusiste en el examen. Igual te
felicito, hermano. Realmente tenés un verso y una parla impresionante..."
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