QUEREMOS TANTO A PAVAROTTI

     Ocurrió a mediados del año pasado. A raíz de un choque múltiple en la Panamericana, actor, codemandados varios, aseguradoras y abogados respectivos estaban reunidos en torno a la mesa de mediación. Los rostros de esa pequeña multitud comenzaban a descomprimirse, y en un rincón estratégico un gordo del bando de los accionados masticaba caramelos con destreza. El acuerdo estaba cerca. Aunque difícil de creer -considerando que las tres audiencias previas se habían desarrollado como verdaderas batallas campales-, todos parecían civilizadamente amables y sólo faltaba convencer a una ejecutiva con cara de pocos amigos.

     Cruzando los dedos, la mediadora repasaba mentalmente los términos del acuerdo que se iba a firmar.

     La última objeción pasó sin pena ni gloria, abrumada por la fuerza del grupo de los conciliantes. "Si están todos de acuerdo yo también firmo", le dijo a su abogado la chica ejecutiva. Vítores, aplausos y gritos de alivio estallaron en la sala y los presentes estamparon su firma. Como es usual en estos casos, cayeron las envidias y con el gancho puesto afloraron los chistes de ocasión.

     "Ya está, quedamos todos amigos" dijo uno. "Vayamos a celebrar con un café que yo invito", dijo otro. Incorporándose pesadamente el gordo de los masticables salió de su letargo y expresó que se sentia muy feliz y en consideración a los presentes iba a deleitarlos con una de sus especialidades.

     Respiró hondo y desentumeciéndose los dedos comenzó a cantar con una potente voz de tenor aficionado. En un irrepetible pase mágico, la sala de mediación quedó convertida en la Scala de Milano, la multitud de convocados dio el marco perfecto de las veladas de gala y el cantor codemandado con apenas un ademán quedó transformado en el grandísimo Luciano Pavarotti.

     La inconfundible letra de "O sole mío" estuvo en boca de todos y juran que a la mediadora se le escapó un lagrimón.

     Queridos colegas, puedo asegurarles que esta historia surrealista ocurrió según me contaron, a escasos metros del Palacio de Tribunales. No tiene nada de raro, considerando que en el derecho, como en la vida, la realidad supera siempre a la ficción.