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Los abogados
surundianos han incorporado para los tiempos que corren el teléfono celular, ésa
chicharra insolente que no conoce de cortesías, ni intimidad ni oportunidades. Es
frecuente que en el transcurso de una audiencia de conciliación donde las partes
vociferan a los gritos, suene el celular del apoderado de la actora. En ése instante, la
cara de asesino a sueldo y cimitarra entre los dientes del profesional se transfigure en
una expresión beatífica de monaguillo parroquial. "¡Cómo te va, Vasquito, tanto
tiempo...!" Ante la azorada mirada del Juez, la privada y el resto de los presentes,
nuestro abogado comenzará a darle parte de su número de hijos, la profesión ("y..
va tirando"), la salud del Tío Cacho y la promesa de un asadito para conocer a la
tercera esposa de su interlocutor el fin de semana. Después de cortar, como si nada y sin
pedido de disculpas, el letrado recuperará su vozarrón de general y enarbolando las
manos como Tyson dirá que en ésas condiciones pedirá se fije fecha de remate y le
cobrará hasta el último centavo.
No hay nada más ridículo que cuando un celular suena en el
interior de un ascensor de Tribunales y éste va cargado hasta el tuétano. Con cada bip
los colegas se retuercen como víctimas de un ataque al hígado y mientras maldicen al
aparatito, al ascensorista y a su mismísima madre se empujan, contorsionan y chocan para
dar con el teléfono que sigue sonando. Nadie sabe qué celular está sonando y para
evitar tales confusiones, algunos letrados de dudoso gusto usan por timbre identificatorio
"Quizás, Quizás, Quizás", "La copa de la Vida" de Ricky Martin o el
"Himno a la Alegría". Tipicamente surundiano, ello le da un toque musical a las
recorridas tribunalicias.
Algunas colegas del mundillo jurídico de Surundi antes de
comenzar la recorrida se atavian con vestimentas de seda como para ir a matar, porque
pertenecen a la etnia "dunga" de inmemorial extracción guerrera. Dentro de esta
exclusiva casta, muchas se visten con túnicas ínfimas, escotadas y translúcidas aún en
épocas de sensación térmica 3 bajo cero, lo que les vale el unánime reconocimiento de
sus colegas del sexo masculino, especialmente si les toca ubicarse detrás suyo en la cola
del Juzgado. Es notable como estadísticamente estas muchachas consiguen obtener una
audiencia privada en el juzgado en el cien por ciento de los casos y sin demora. Su
efectividad es sorprendente.
Otras colegas y/o procuradoras de Surundi prefieren untarse
íntegramente el cuerpo con perfumes de esencias en un extraño rito animista que tiene la
particularidad de "abombar" a los que atienden en Mesa de Entradas. Con ello
provocan el efecto de ser atendidas antes que el resto de presentes y que les respondan
inmediatamente a la catarata de preguntas sobre su expediente. Como no hay antídoto
posible, es el único medio más o menos efectivo para que ellas abandonen el Tribunal
antes de ahogar a todos los presentes.
En Surundi ciertos abogados comercialistas no se bañan
con frecuencia. Así, toman desprevenidos a los de la Mesa de Entradas y mientras van
pidiendo las pilas de expedientes de Bancos y Círculo de Inversores Surundanés -lo que
asegura un promedio de 45 minutos de presencia en el lugar-, el hedor axilar que despiden
va impregnando las canastillas de oficios, el listado de cédulas y hasta el libro de
notas del Juzgado como en una novela de García Márquez. Se produce entonces el efecto
conocido como "pánicus procuratoris", donde los incautos que se encuentran
ocupando el resto de los lugares en la Mesa salen corriendo del Tribunal para hacerse
abluciones o buscar un poco de aire fresco. De su lado, en el ámbito judicial también
muchos funcionarios de ése fuero han adherido al culto rastafari -religión caribeña que
les prohíbe bañarse-. Amparándose en motivaciones de orden religioso y vedando toda
posibilidad de discusión, de esta sencilla manera consiguen que los letrados no vayan a
verlos jamás preguntando por los expedientes a su cargo.
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