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Nos encomendaron
dos desalojos contra inquilinos de una misma casa en pleno corazón del Abasto. El
inmueble era una antigua casa chorizo, que estaba separada apenas por un tabique, pero
técnicamente estaba subdividida en dos Unidades Funcionales.
Los juicios fueron iniciados simultáneamente y su tramitación
duró casi dos años. Rebeldías, nulidades, apelaciones y otras chicanas desfilaban sin
parar en el expediente para impaciencia de mi cliente que a ésa altura desconfiaba del
estudio, de la profesión, de la justicia y de su mismísima madre.
Finalmente, después de muchos esfuerzos y zapatos gastados,
conseguimos desalojar a los ocupantes del frente de la casa. En la parte de atrás no
quedaba nadie desde hacía días y el cliente quería meterse de prepo aunque el juicio
estuviera en trámite. Ya no recuerdo cómo hice para explicarle que tenían que
entregarnos la tenencia legalmente.
Como el dueño padecía imaginando que una horda de
indocumentados iba a ocuparle el predio una noche inminente, me dijo que iba a derrumbar
algunas paredes del local de adelante y juntar escombros, de manera que nadie que entrase
por la puerta de calle a usurpar. "Es legal y efectivo", pensé.
Un día antes de la fecha prevista para el mandamiento, el
cliente me dijo que había cumplido cabalmente con el trabajito de demolición y que
estaba contentísimo de que todo acabara.
Al día siguiente tuve que salir muy abrigado implorando
ingenuamente que el Oficial de Justicia no llegara ni un minuto más tarde de la hora
fijada. Y declaro bajo juramento que lo que voy a referir me ocurrió de verdad.
Casi llegando al lugar -que lógicamente había visitado varias
veces-, comencé a sentirme desorientado. No podía encontrar la casa y como siempre habia
ido de memoria no tenía la numeración.
Detrás de un arbolito salió mi cliente que sonreía
ampulosamente. "Ya vino el Oficial de Justicia, fue a dar una vuelta y viene
enseguida". Le dije que lo esperaramos en la puerta de la casa y le pedí que me
llevara. Seguía sintiéndome raro y desorientado.
"Estamos en la puerta", me dijo riendo. Alcé la mirada
y observé que la casa del Abasto había sido transformada en un hermoso baldío de 20
metros de frente por 50 de fondo. No quedaba ni un solo escombro.
Aturdido y furioso atiné a
preguntarle "¿Pero Ud. está loco?". Guiñándome el ojo y con gesto complice
el Demoledor me retrucó: "La verda`que se me fue la manito dotor...".
Llegó el Oficial de Justicia que no daba crédito a sus ojos y
juraba que en veinte años de profesión nunca le había pasado algo igual. Agradezco que
tuviera la sensatez de ofrecerme devolver el mandamiento por incomparecencia de la parte.
Saludé a mi cliente, al oficial de justicia y comencé a caminar rumbo al estudio. No
pude evitar soltar la carcajada. Recordé las clases de obligaciones en la facultad y la
bolilla que hablaba de los actos jurídicos con objeto de cumplimiento imposible.
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