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Muchas
veces me pregunto cuál es el motivo por el cual, las partes en una mediación (y sus
letrados) prefieren recurrir a la decisión del juez en lugar de hacer un acuerdo
"voluntario". Por qué será que nuestra idiosincrasia nos indica acudir a Su
Señoría para resolver una situación que surge a primera vista como muy clara (demasiado
clara en algunas oportunidades).
Es entonces cuando los mediadores empezamos navegar por los
meandros de la teoría. Y nos decimos ¿faltó información? ¿sobró mala fe? Tal vez
ambas o ninguna a un mismo tiempo. Se sabe que hay circunstancias en las que la gente,
cargada de emociones asaz negativas ( por su condición de humanos, sujetos del amor y del
odio) necesita imperiosamente que "el otro"reciba una muy dura sanción, y por
ello sueña con que Su Señoría dé satisfacción a su pretensión. No puede ni siquiera
imaginar los avatares de un pleito. No se le pasa por la cabeza la incertidumbre o
imprevisibilidad que significa litigar.
Más aún si su asesor letrado dice "la mitad de la
biblioteca le da la razón y la otra mitad, no", o entre bambalinas afirma " los
abogados estamos formados para litigar".¿Cómo percibirá el común de los mortales
estas afirmaciones? Algunos están tratando de encontrar una alternativa para huir (aunque
sea por el momento) de una pérdida segura. Tal vez un ejemplo nos aclare el tema:
conduciendo mi automóvil embisto a otro.
El frente de mi auto golpea contra la puerta delantera izquierda
del otro rodado. Reclamo va, reclamo viene, concurro a una mediación. Citado por "la
víctima" voy acompañado por mi abogado y el de la compañía de seguros. Después
de la segunda audiencia decidimos cerrar sin acuerdo. Vamos a litigar.¿Por qué? Mucha
sospecha pero poca evidencia. Desde la teoría, especulamos así: como la pérdida es
segura (ha provocado un daño y debe resarcir) opta por un riesgo. Ir a juicio le permite
postergar el pago del daño causado y puede ser que "zafe" si logra alguna
interpretación de la ley que lo favorezca (solemos encontrar profesionales que hacen
decir a la ley lo que ella jamás previó). O en su defecto la suerte (que es
grela)
mediante caducidades, o prescripciones o desistimientos permite al afortunado deudor no
pagar. Pésimo antecedente para la justicia, como valor.
Hay otras circunstancias en las que se produce claramente un conflicto de intereses, entre
el principal y el agente. Entre la parte y su abogado. Máxime cuando dichos intereses son
opuestos. Clarifico con un ejemplo: Viene una persona con su abogado a un
"caucus".
Allí reconoce que la otra "parte" tiene razón, pero
(siempre un pero se interpone) su abogado desaconseja cualquier eventual arreglo.
Insólito ¿verdad? Hay una muy contundente respuesta: "la mejor defensa es un buen
ataque" También conocemos el caso contrario o complementario de éste, para mejor
decir.
El letrado sabe que el reclamo es justo. Que le espera un juicio
de varios años por delante. Que será tiempo y esfuerzo perdidos. Que a su larga lista de
procesos en trámite debe agregar éste ( de la misma empresa) y no obstante y a pesar de
él debe cerrar el proceso de mediación e ir a juicio ¿por qué? ¿cuál es el motor de
la decisión empresarial? En estas ocasiones ¿se desdibuja la función de asesor?¿el
profesional es uno más del engranaje?¿ una pieza más del tablero económico? Han sido
estas dudas metódicas ( y algunas otras) las que me han impulsado a ir en busca de alguna
respuesta que no sea la clásica y convencional que usted podría estar esperando. Los
investigadores en desarrollo humano y educación han descubierto que las personas
aprendemos y desarrollamos nuestra "moral",que no es innata sino que se cumple
un proceso para su adquisición. Dicho proceso se desarrolla en dos etapas de nuestras
vidas: la primera se denomina moral heterónoma y la segunda moral autónoma.
Los niños, por lo común, obedecen a sus padres. Internalizan
normas que los adultos, que se ocupan de su crianza, les enseñan. Los niños no
distinguen el rol que la voluntad juega en una acción; observan resultados. El niño
incorpora y actúa las normas por obediencia y no por íntima convicción. Aprende que si
pega al hermanito será sancionado. Y a veces, recibe castigo aún cuando algo se rompió
"sin querer". Aparece todo muy confuso. Seguramente en lugar del niño
cualquiera tendría gran confusión. (en derecho esto se llama teoría objetiva del delito
¿no?) A medida que crecen, los niños comienzan a advertir que los otros, quienes los
rodean, también tiene ciertas razones o intereses diversos y en oportunidades opuestos a
los propios. Por defender la relación, se suele aceptar pactar por la diferencia. Importa
el grupo y el pertenecer a él, duele la expulsión. Los intereses propios, los ajenos,
las normas del grupo. El tema se hace más complejo. Ya adultos, la ley existe en nuestras
vidas. En general se acepta y se respeta la norma inscripta en "el contrato
social", la que posibilita la convivencia pacífica. Están también los que la
transgreden tranquilamente, porque eso vieron hacer. Y peor aún, los que violan la ley
sabiendo que si no son descubiertos, no pasa nada. Grave, muy grave. Los investigadores
del desarrollo de la moral humana afirman que se es realmente adulto cuando uno ha
construido una "moral autónoma", producto de la reflexión y no de la
imposición. Cuando no robo, no mato, no doy falso testimonio, no estafo...porque estoy
íntimamente convencido de que son conductas disvaliosas. Cuando por propia convicción,
más allá de lo que diga la ley, adhiero a valores y no me someto por temores.
Vuelvo al comienzo: si esto es así (y no tengo argumento para afirmar lo contrario)
¿será por ausencia de moral autónoma que no podemos acordar en mediación? Al igual que
Nasrudim cuando fue interrogado por las mujeres sobre cómo deberían llorarlo a su
muerte: respondió
"como alguien a quien se le preguntaba más de lo que podía contestar"
creo que viene al caso copiarlo.
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