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Esta suele ser una frase muy escuchada por los mediadores. Puede ser oída en la primera
audiencia (pocas veces), o en la segunda si interviene una empresa. Cuando se trata de
alimentos o disolución de sociedad conyugal puede darse en la cuarta o quinta audiencia.
Y muchas veces, uno puede adherir a la idea de que esto sucede por la poca capacitación
de los mediadores; pero cuando empieza a bucear más profundamente, se suele descubrir que
finalmente se arriba al punto de partida: el litigio, la opción que atrae más a los
profesionales.
Nosotros, los mediadores formados en negociación,
hablamos de MAAN o PAAN según se tenga por fuera de la
negociación asistida una mejor o peor alternativa al acuerdo negociado. Y a veces ocurre
que analizando con los presentes qué significa un juicio, el litigio
adversarial, la
incertidumbre, la carga de la prueba dudosa, las costas....la gente opta por cien
pájaros volando.
¿Por qué? ¿Cuál es la idea que nos impulsa a enfrentar
un proceso judicial, que es caro, lento, que obliga a poner en marcha un engranaje muy
particular para llevar adelante el debido proceso, cuando existe la posibilidad cierta de
solucionar el tema puntual de una manera más simple, sencilla, económica,
con criterios de legitimidad, que cuida la relación y ayuda a ser más responsable a cada
uno, tomando decisiones propias?
En ocasiones las partes, en el mismo momento de llegar a
la mediación, dejan traslucir su inquietud: han sido asesorados sobre la posibilidad de
obtener pleiteando un beneficio más allá de lo que el caso amerita; entonces será harto
difícil acordar nada. Es el ejemplo típico de alimentos: el señor cree que con
trescientos pesos zafa, y que puede esconder el resto; no aceptará que su ex familia con
trescientos pesos no vive y pedirá a gritos ¡Que trabaje! ¡Que se vaya a
trabajar! Y también a la inversa: la ex señora cree que seguirá con su antiguo
régimen de vida y no acordará; quiere que sea el juez quien decida con cuánto dinero
debe aprender a vivir. Ni qué decir cuando el conflicto lo plantean los damnificados en
un accidente con automóviles y asisten los abogados de compañías de seguro, más los
asesores de parte.
En algunas oportunidades los profesionales de
aseguradoras, a la segunda audiencia, dicen: Nos vamos. No arreglamos. Nos atenemos
a los dichos de nuestro asegurado. Y yo me pregunto ¿se podrá demostrar la no
culpabilidad de un asegurado que tiene el auto chocado en su frente y el otro hundidas las
puertas? Otro caso paradigmático es el daño moral. Si la parte ha sido
informada sobre el presunto monto del daño moral, se pone a fantasear como la Lechera (la
que transportaba el cántaro en la cabeza) en qué invertirá la suma obtenida, y nada ni
nadie podrá hacer que maneje otras opciones. Esa persona jamás aceptará un arreglo por
honroso que sea.
Entonces como docente digo ¿cuál es la formación de un
abogado? ¿Qué profesionales son los que forjamos en las distintas facultades? Suelo
decir a mis alumnos (y a veces también en las mediaciones) que los abogados tenemos un
único remedio para todo mal: el pleito. ¿Qué sucedería si nuestro médico nos recetara
la misma píldora para toda enfermedad? Deberíamos admitir que la píldora es mágica o
que nuestro médico poco sabe. Y así siento respecto del litigio adversarial: el litigio
es mágico o los abogados sabemos poco.
Tal vez se asemeje a la historia de Nasrudim, quien
aquella tarde de verano, cuando habiendo llegado a la case de té, bebió el suyo amargo
con el terrón de azúcar entre los dientes. El jilguero trinaba, los niños jugaban, las
mujeres revoloteando para no pasar por indiscretas y Massud, el dueño de casa, atendiendo
a los distintos parroquianos. Nasrudim de repente, extrajo de entre sus ropas la cítara,
se sentó en la alfombra y empezó a tocar.
Todos se quedaron maravillados de los talentos ocultos del
mulá. Zing...zing..la misma cuerda y la misma nota. Al cabo de un par de minutos
Massud increpa a Nasrudim y le dice: Mulá, la cítara tiene otras cuerdas y se
pueden tocar otras notas ¿por qué no cambias? Sé que otros con sus dedos
saltan de arriba a abajo por las cuerdas, buscan otras notas. Otras posibilidades. En
cambio yo he encontrado mi nota.
Estoy perfeccionando esta nota exacta, que es la correcta
para mí. ¡Soy un especialista! Y así continuó, mientras cada uno volvió a lo
suyo: el jilguero a trinar, los niños a jugar, las mujeres a revolotear, los hombres a
beber té y hablar del precio del trigo y Massud a atender a sus clientes.
¿Será el pleito a los abogados, lo que la nota única a
Nasrudim? Reflexiono.
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