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El
voto en blanco como respuesta colectiva e institucional a un vacío de
representación, carece de contenido ético cuando no va acompañado de un
compromiso ulterior de participación cívica.
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Parecería
que este domingo 14 de octubre a las 18,00 hs., vamos a estar más
interesados en saber a cuánto ascendió la abstención, o finalmente cuántos
fueron los votos en blanco o los impugnados, que en enterarnos de los
nombres de nuestros futuros senadores y diputados. Y eso sólo si, a la hora
del cierre de la elección, recordamos todavía que ese día los ciudadanos
argentinos tuvimos la oportunidad de concurrir a sufragar, según los casos,
por décimosexta ó décimoséptima vez consecutiva desde 1983.
Esta
preocupación por el voto en blanco (englobo aquí todas las actitudes
diferentes a votar válidamente por alguno de los candidatos posibles) tiene
su asidero en una suerte de campaña informal y espontánea que tuvo lugar
en la calle, en internet, en los colectivos y taxis y en las colas de
supermercados y bancos, que son un buen lugar, sobre todo estos dos últimos,
para explotar el descontento ajeno.
Una
vez comprobado el éxito potencial de la convocatoria al voto en blanco,
algunos “comunicadores” oportunistas montaron este caballo y quieren
ahora identificarse como generadores de la propuesta. No creo que haya
existido conspiración alguna para generar esta suerte de rebelión
burguesa, sino que realmente se trató de algo de generación espontánea.
Tan es así, que el nivel de voto en blanco será inversamente proporcional
al grado de convicción del público acerca de la existencia de algún
demiurgo ocasional que incita a sufragar de tal manera.
No
me preocupan mucho las disqusiciones acerca de las diferencias de sentido
entre el voto en blanco, el impugnado, el nulo, el recurrido o la lisa y
llana actitud de ni aparecer por la mesa de votación, pues, matices al
margen, el concepto es más o menos el mismo: “quiero
la democracia, pero no a estos políticos”.
Sí
en cambio la falta de una actitud o propuesta inmediata posterior. “El
domingo voto en blanco”
debería estar acompañado por “el lunes fundo
un nuevo partido político”
o “el lunes emigro”
o “el lunes propongo una reforma
constitucional” o
alguna promesa (sí, al menos promesa incumplida) semejante.
El
mero hecho de votar en blanco como gesto de desconfianza a los actuales políticos,
más allá de su evidencia casi tautológica, importa definir el presente
como un status en el que, quienes actualmente conducen o se postulan para
conducir el país no están en condiciones mentales, intelectuales, éticas
o funcionales de hacerlo, al menos para nuestro gusto.
¿Y
entonces? ¿Quién se ocupa?
La
realidad posmoderna, plena de confort individual minimalista, aparejó como
efecto no querido un cierto desinterés por conducir la cosa pública, al
menos en quienes son o fueron exitosos en el sector privado. ¿Para qué
meterse en problemas?
Parecería
que hoy la actividad política es cosa de políticos profesionales o de
quienes, a falta de futuro o trabajo en la realidad argentina de hoy, buscan
conchabo público.
Bueno,
esta conducta no se compadece con los fundamentos de una sociedad democrática.
No existe eso de “quiero la democracia” si, cuando creo que nadie de los
que se ofrecen están en condiciones de gobernar, no hago algo yo al
respecto. No es sólo una cuestión de gustos, sino que en algún lugar, en
algún momento, comienzan a jugar e intervenir principios y premisas éticas
y morales.
Algo
debo a mi entorno. Algo que, poco o mucho, puede en algún momento exceder
del mero hecho de pagar impuestos o contribuír en alguna ONG.
Por
eso, si no estamos dispuestos a comenzar el lunes mismo algún tipo de
actividad política, el domingo no votemos en blanco.
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