NO DEBERÍAMOS VOTAR EN BLANCO, IMPUGNAR EL VOTO NI FALTAR EL DOMIGO

Por Félipe Nicolás Yaryura Tobías
11/10/01

El voto en blanco como respuesta colectiva e institucional a un vacío de representación, carece de contenido ético cuando no va acompañado de un compromiso ulterior de participación cívica.

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Parecería que este domingo 14 de octubre a las 18,00 hs., vamos a estar más interesados en saber a cuánto ascendió la abstención, o finalmente cuántos fueron los votos en blanco o los impugnados, que en enterarnos de los nombres de nuestros futuros senadores y diputados. Y eso sólo si, a la hora del cierre de la elección, recordamos todavía que ese día los ciudadanos argentinos tuvimos la oportunidad de concurrir a sufragar, según los casos, por décimosexta ó décimoséptima vez consecutiva desde 1983.

Esta preocupación por el voto en blanco (englobo aquí todas las actitudes diferentes a votar válidamente por alguno de los candidatos posibles) tiene su asidero en una suerte de campaña informal y espontánea que tuvo lugar en la calle, en internet, en los colectivos y taxis y en las colas de supermercados y bancos, que son un buen lugar, sobre todo estos dos últimos, para explotar el descontento ajeno.

Una vez comprobado el éxito potencial de la convocatoria al voto en blanco, algunos “comunicadores” oportunistas montaron este caballo y quieren ahora identificarse como generadores de la propuesta. No creo que haya existido conspiración alguna para generar esta suerte de rebelión burguesa, sino que realmente se trató de algo de generación espontánea. Tan es así, que el nivel de voto en blanco será inversamente proporcional al grado de convicción del público acerca de la existencia de algún demiurgo ocasional que incita a sufragar de tal manera.

No me preocupan mucho las disqusiciones acerca de las diferencias de sentido entre el voto en blanco, el impugnado, el nulo, el recurrido o la lisa y llana actitud de ni aparecer por la mesa de votación, pues, matices al margen, el concepto es más o menos el mismo: “quiero la democracia, pero no a estos políticos”.

Sí en cambio la falta de una actitud o propuesta inmediata posterior. “El domingo voto en blanco” debería estar acompañado por “el lunes fundo un nuevo partido político” o “el lunes emigro” o “el lunes propongo una reforma constitucional” o alguna promesa (sí, al menos promesa incumplida) semejante.

El mero hecho de votar en blanco como gesto de desconfianza a los actuales políticos, más allá de su evidencia casi tautológica, importa definir el presente como un status en el que, quienes actualmente conducen o se postulan para conducir el país no están en condiciones mentales, intelectuales, éticas o funcionales de hacerlo, al menos para nuestro gusto.

¿Y entonces? ¿Quién se ocupa?

La realidad posmoderna, plena de confort individual minimalista, aparejó como efecto no querido un cierto desinterés por conducir la cosa pública, al menos en quienes son o fueron exitosos en el sector privado. ¿Para qué meterse en problemas?

Parecería que hoy la actividad política es cosa de políticos profesionales o de quienes, a falta de futuro o trabajo en la realidad argentina de hoy, buscan conchabo público.

Bueno, esta conducta no se compadece con los fundamentos de una sociedad democrática. No existe eso de “quiero la democracia” si, cuando creo que nadie de los que se ofrecen están en condiciones de gobernar, no hago algo yo al respecto. No es sólo una cuestión de gustos, sino que en algún lugar, en algún momento, comienzan a jugar e intervenir principios y premisas éticas y morales.

Algo debo a mi entorno. Algo que, poco o mucho, puede en algún momento exceder del mero hecho de pagar impuestos o contribuír en alguna ONG.

Por eso, si no estamos dispuestos a comenzar el lunes mismo algún tipo de actividad política, el domingo no votemos en blanco.