SOLO EN LA PAZ SE PODRÁ AISLAR
AL TERRORISMO

Por Félipe Nicolás Yaryura Tobías
28/09/01

En estos momentos, más de uno de los principales líderes del mundo, comenzando por el Presidente Bush, deben estar preguntándose cómo salir del atolladero en que los ataques terroristas del 11 de septiembre pusieron al mundo entero.

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Es que el horror y el enojo llevaron los discursos más allá de lo que la realidad permitía, poniendo todo el tema en medio de encrucijadas.

En primer término, va quedando claro que hoy, todavía, no existe el enemigo. A casi tres semanas de los atentados, los EE.UU. no lograron producir ninguna prueba concluyente de la responsabilidad de Afganistán o el régimen talibán al respecto. Es que quedan por develarse dos eslabones: la conexión entre los terroristas suicidas y Ben Laden y, más importante aún, el conocimiento o conformidad que el régimen talibán pudiere haber prestado a esta clase de actividad, como para merecer (si fuera esto posible) una masacre.

Las imágenes e historia de Afganistán y su población empobrecida, abusada y privada de elementales derechos humanos tornan además inaceptable cualquier clase de acción militar al respecto. La sola representación mental de un ataque masivo de EE.UU. con aviones, portaviones, misiles y demás maquinaria bélica contra tan débil adversario repugna a la conciencia de prácticamente todas las personas, incluso los mismos norteamericanos. Nadie quiere hoy otro Vietnam y menos aún producir todavía más enojo en los países musulmanes.

En segundo término, a medida que pasan los días el público toma conocimiento y conciencia del discurso de los halcones que propician como única alternativa el lanzamiento de una acción militar indiscriminada contra el régimen talibán. Aparecen declaraciones muy poco afortunadas, como la de los funcionarios norteamericanos que proponen reflotar el asesinato político en el exterior, o contratar agentes acusados de violar derechos humanos. Ni hablar de lisas y llanas estupideces, como el exabrupto racista de Silvio Berlusconi, primer ministro de Italia, afirmando la superioridad de Occidente sobre el Islam.

Esta clase de pequeñeces, además de irritar al mundo musulmán, sólo causan división en la alianza construída en torno al repudio de los atentados, pues nadie quiere quedar sentado al lado de un Berlusconi que usó la misma clase de discurso y argumentación con la que Hitler o Mussolini, sesenta años atrás, escribieron el capítulo más negro de la historia de la humanidad.

Los países musulmanes son el tercer lugar a enfocar. ¿Qué hacer con ellos? El presidente Bush y sus aliados (salvo Berlusconi) dedican buena parte de su tiempo a aclarar que su problema no es con todos los musulmanes, ni con todos los árabes sino sólo con los terroristas. Estas declaraciones, además, tienden a llevar calma a los estadounidenses más irritados y atemorizados, cuya primera reacción atávica fue tomar represalia sobre cualquiera que usara turbante, produciendo crímenes originados en el odio racial o religioso.

Es que también los mismos países musulmanes quieren aprovechar esta oportunidad para demostrar que no son ellos quienes fomentan el terrorismo. Prácticamente todos se han sumado a la alianza norteamericana (con la comprensible y única excepción de Irak), incluso con gestos importantes como la ruptura de relaciones diplomáticas de Arabia Saudita y Emiratos Arabes Unidos con los talibanes. Pero todos ellos tienen sus internas y sus poblaciones no parecen dispuestas a aceptar dócilmente tal alineamiento en la medida en que no les presenten pruebas definitivas que incriminen a Ben Laden o al actual gobierno afgano.

Para colmo de males, no ha logrado Bush que el gobierno israelí detuviera los abusos y represión contra los palestinos. Hoy el mundo mira la causa palestina con otros ojos. Por un lado, la televisión ha puesto al descubierto la tremenda disparidad existente entre ambos bandos. Por otro lado, dentro del mismo gobierno israelí se alzan cada vez más alto la voces de condena, en boca de personas tan respetadas en todo el mundo como el canciller Peres. Finalmente, dentro de los EE.UU. varios periodistas han destacado que, sin pretender justificar los atentados, son muchos quienes atribuyen los mismos a la insistencia del actual gobierno norteamericano con permanecer indiferente a la causa palestina o medir con varas distintas las conductas de uno y otro gobierno, favoreciendo al de Israel.

Hoy mismo, varios gobiernos árabes comienzan a insinuar que deberán replantear su papel en la alianza si Israel no cesa sus ataques contra la población civil palestina. Es que no parecen dispuestos a asumir el tremendo costo político de quedar, de golpe, en el mismo lado que el país que desde su punto de vista oprime a los más empobrecidos del mundo árabe. Tan es así que hasta podría pensarse que el mismo gobierno de Sharon está provocando estos hechos precisamente para desarmar esta novedosa coalición de árabes y estadounidenses.

Mientras tanto, en los EE.UU. las cosas no son fáciles. Al dolor y la indignación que sucedieron al atentado, al penoso hecho de no poder siquiera recuperar e identificar los cadáveres para darles sepultura, se suman cuantiosas pérdidas económicas.

Los únicos sectores hasta ahora favorecidos son las agencias gubernamentales de seguridad, con aumento de partidas para la CIA, defensa y demás, y los fabricantes de armamentos, que ven subir sus ventas de un día para el otro.

En ese interín, otros sectores tales como la aviación y el turismo permanecen casi paralizados y al borde de la quiebra.

Sabe el gobierno norteamericano que su país no puede hoy invaginarse. Su calidad de primera o única superpotencia está fundada en gran medida en la cantidad enorme de negocios que tiene alrededor del mundo, con miles de norteamericanos y amigos gestionándolos. Los Estados Unidos necesitan un mundo en paz, porque además todos los otros países se sienten con derecho a exigirles cosas, ya que son ellos quienes detentan el poder real.

El modo de salir de esta crisis es precisamente ese: traer paz y seguridad. Archivar los discursos tremendistas que sólo producen más miedo, odio y parálisis, a la vez que deja al gobierno norteamericano asociado con personajes e ideologías nefastas y racistas, que no son las que sostiene.

Si hay algo que debería hoy preocupar es la creciente popularidad de Ben Laden (se venden remeras con su foto), pues se trata del típico personaje que adquiere dimensiones mitológicas y heroicas en un mundo unipolar. Si los musulmanes siguen percibiendo la realidad como injusta, racista y abusadora; si continúan pensando que Ben Laden será agredido sin ninguna prueba en su contra, más se alinearán en torno a figuras como él o quien lo remplace.

El mundo occidental debe hoy demostrar qué es lo que lo diferencia del terrorismo, no adoptar sus mismos métodos. Deben cesar las referencias a Dios como motor de una guerra o acción armada, los comentarios racistas y xenófobos, las declamaciones bíblicas y la amenaza con violar derechos humanos ajenos. En su lugar, deben crearse y tenderse puentes entre ambas civilizaciones.

En épocas de guerra, las diferencias entre un guerrillero y un terrorista se diluyen. En épocas de paz, estos últimos quedan al descubierto. Es que sólo en la paz se podrá aislar el terrorismo.