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En estos momentos, más
de uno de los principales líderes del mundo, comenzando por el Presidente
Bush, deben estar preguntándose cómo salir del atolladero en que los
ataques terroristas del 11 de septiembre pusieron al mundo entero.
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Es
que el horror y el enojo llevaron los discursos más allá de lo que la
realidad permitía, poniendo todo el tema en medio de encrucijadas.
En
primer término, va quedando claro que hoy, todavía, no existe el enemigo.
A casi tres semanas de los atentados, los EE.UU. no lograron producir
ninguna prueba concluyente de la responsabilidad de Afganistán o el régimen
talibán al respecto. Es que quedan por develarse dos eslabones: la conexión
entre los terroristas suicidas y Ben Laden y, más importante aún, el
conocimiento o conformidad que el régimen talibán pudiere haber prestado a
esta clase de actividad, como para merecer (si fuera esto posible) una
masacre.
Las
imágenes e historia de Afganistán y su población empobrecida, abusada y
privada de elementales derechos humanos tornan además inaceptable cualquier
clase de acción militar al respecto. La sola representación mental de un
ataque masivo de EE.UU. con aviones, portaviones, misiles y demás
maquinaria bélica contra tan débil adversario repugna a la conciencia de
prácticamente todas las personas, incluso los mismos norteamericanos. Nadie
quiere hoy otro Vietnam y menos aún producir todavía más enojo en los países
musulmanes.
En
segundo término, a medida que pasan los días el público toma conocimiento
y conciencia del discurso de los halcones que propician como única
alternativa el lanzamiento de una acción militar indiscriminada contra el régimen
talibán. Aparecen declaraciones muy poco afortunadas, como la de los
funcionarios norteamericanos que proponen reflotar el asesinato político en
el exterior, o contratar agentes acusados de violar derechos humanos. Ni
hablar de lisas y llanas estupideces, como el exabrupto racista de Silvio
Berlusconi, primer ministro de Italia, afirmando la superioridad de
Occidente sobre el Islam.
Esta
clase de pequeñeces, además de irritar al mundo musulmán, sólo causan
división en la alianza construída en torno al repudio de los atentados,
pues nadie quiere quedar sentado al lado de un Berlusconi que usó la misma
clase de discurso y argumentación con la que Hitler o Mussolini, sesenta años
atrás, escribieron el capítulo más negro de la historia de la humanidad.
Los
países musulmanes son el tercer lugar a enfocar. ¿Qué hacer con ellos? El
presidente Bush y sus aliados (salvo Berlusconi) dedican buena parte de su
tiempo a aclarar que su problema no es con todos
los musulmanes, ni con todos los
árabes sino sólo con los terroristas. Estas declaraciones, además,
tienden a llevar calma a los estadounidenses más irritados y atemorizados,
cuya primera reacción atávica fue tomar represalia sobre cualquiera que
usara turbante, produciendo crímenes originados en el odio racial o
religioso.
Es
que también los mismos países musulmanes quieren aprovechar esta
oportunidad para demostrar que no son ellos quienes fomentan el terrorismo.
Prácticamente todos se han sumado a la alianza norteamericana (con la
comprensible y única excepción de Irak), incluso con gestos importantes
como la ruptura de relaciones diplomáticas de Arabia Saudita y Emiratos
Arabes Unidos con los talibanes. Pero todos ellos tienen sus internas y sus
poblaciones no parecen dispuestas a aceptar dócilmente tal alineamiento en
la medida en que no les presenten pruebas definitivas que incriminen a Ben
Laden o al actual gobierno afgano.
Para
colmo de males, no ha logrado Bush que el gobierno israelí detuviera los
abusos y represión contra los palestinos. Hoy el mundo mira la causa
palestina con otros ojos. Por un lado, la televisión ha puesto al
descubierto la tremenda disparidad existente entre ambos bandos. Por otro
lado, dentro del mismo gobierno israelí se alzan cada vez más alto la
voces de condena, en boca de personas tan respetadas en todo el mundo como
el canciller Peres. Finalmente, dentro de los EE.UU. varios periodistas han
destacado que, sin pretender justificar los atentados, son muchos quienes
atribuyen los mismos a la insistencia del actual gobierno norteamericano con
permanecer indiferente a la causa palestina o medir con varas distintas las
conductas de uno y otro gobierno, favoreciendo al de Israel.
Hoy
mismo, varios gobiernos árabes comienzan a insinuar que deberán replantear
su papel en la alianza si Israel no cesa sus ataques contra la población
civil palestina. Es que no parecen dispuestos a asumir el tremendo costo político
de quedar, de golpe, en el mismo lado que el país que desde su punto de
vista oprime a los más empobrecidos del mundo árabe. Tan es así que hasta
podría pensarse que el mismo gobierno de Sharon está provocando estos
hechos precisamente para desarmar esta novedosa coalición de árabes y
estadounidenses.
Mientras
tanto, en los EE.UU. las cosas no son fáciles. Al dolor y la indignación
que sucedieron al atentado, al penoso hecho de no poder siquiera recuperar e
identificar los cadáveres para darles sepultura, se suman cuantiosas pérdidas
económicas.
Los
únicos sectores hasta ahora favorecidos son las agencias gubernamentales de
seguridad, con aumento de partidas para la CIA, defensa y demás, y los
fabricantes de armamentos, que ven subir sus ventas de un día para el otro.
En
ese interín, otros sectores tales como la aviación y el turismo permanecen
casi paralizados y al borde de la quiebra.
Sabe
el gobierno norteamericano que su país no puede hoy invaginarse. Su calidad
de primera o única superpotencia está fundada en gran medida en la
cantidad enorme de negocios que tiene alrededor del mundo, con miles de
norteamericanos y amigos gestionándolos. Los Estados Unidos necesitan un
mundo en paz, porque además todos los otros países se sienten con derecho
a exigirles cosas, ya que son ellos quienes detentan el poder real.
El
modo de salir de esta crisis es precisamente ese: traer paz y seguridad.
Archivar los discursos tremendistas que sólo producen más miedo, odio y
parálisis, a la vez que deja al gobierno norteamericano asociado con
personajes e ideologías nefastas y racistas, que no son las que sostiene.
Si
hay algo que debería hoy preocupar es la creciente popularidad de Ben Laden
(se venden remeras con su foto), pues se trata del típico personaje que
adquiere dimensiones mitológicas y heroicas en un mundo unipolar. Si los
musulmanes siguen percibiendo la realidad como injusta, racista y abusadora;
si continúan pensando que Ben Laden será agredido sin ninguna prueba en su
contra, más se alinearán en torno a figuras como él o quien lo remplace.
El
mundo occidental debe hoy demostrar qué es lo que lo diferencia del
terrorismo, no adoptar sus mismos métodos. Deben cesar las referencias a
Dios como motor de una guerra o acción armada, los comentarios racistas y
xenófobos, las declamaciones bíblicas y la amenaza con violar derechos
humanos ajenos. En su lugar, deben crearse y tenderse puentes entre ambas
civilizaciones.
En
épocas de guerra, las diferencias entre un guerrillero y un terrorista se
diluyen. En épocas de paz, estos últimos quedan al descubierto. Es que sólo
en la paz se podrá aislar el terrorismo.
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