EN EL SENTIDO COMÚN, ESTÚPIDO!

Por Fortunato J. Canevari (*)
03/04/01

La situación era complicada. El tema se estaba analizando en una de esas habituales, largas y poco fructíferas reuniones de gerencia. 

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El responsable del área administrativa, el contador de la empresa, presentaba los números: las cuentas no cerraban. Era necesario tomar medidas urgentes tendientes a modificar el resultado negativo.
Y el Gerente General tomó una decisión: delegó la solución del problema en el contador. Y como era de esperarse, este último encaró dicha solución utilizando criterios contables: los números debían cerrar. Ante el asombro del responsable de las ventas, tomó su primera medida: aumentar los precios de los productos y servicios comercializados por la empresa. El resultado no pudo ser otro que el empeoramiento de la situación porque las ventas cayeron aún más, tornando más críticos los números del balance. Al poco tiempo, el contador tomó entonces su segunda medida: había que ajustar los gastos. En esta oportunidad, ante el asombro del jefe de la fábrica, decidió despedir a una cierta cantidad de operarios, implementó un plan de retiros voluntarios al cual se acogieron algunos operarios más y finalmente, les rebajó el salario a los operarios que quedaron. Obviamente, la situación empeoró. Al haber en la fábrica una dotación menor a la necesaria, una de las líneas de producción no podía arrancar y empezó a faltar producto para las pocas ventas que todavía se concretaban, otras tenían menos personal que el estipulado y en consecuencia su productividad bajó. El personal que permaneció empleado trabajaba a desgano, por habérsele bajado los salarios, perjudicando aún más la productividad. Para compensar la menor dotación y el incumplimiento de los planes de producción, se empezaron a trabajar horas extras, aumentando los costos. Finalmente hubo que contratar a parte del personal que había sido desvinculado, para cubrir las necesidades de trabajo. Pero ya era tarde. La situación siguió empeorando. El responsable de la administración renunció. La empresa quebró.

Cuál fue el error que cometió quien dirigía la empresa? Primero, no reconocer la clase de problemas que enfrentaba la empresa, y segundo, asignar la responsabilidad de resolverlos a la persona equivocada. Ambos errores eran un signo claro de la falta de conocimiento de principios elementales de gestión. Pero más claro aún, demostraban una absoluta falta de sentido común. 

Toda organización está dividida en funciones, cada una de las cuales tiene objetivos específicos, recursos asignados para poder cumplir con esos objetivos, y un responsable a cargo, el que deberá administrar en forma eficiente esos recursos, para lograr así el cumplimento de los objetivos. Estos responsables deben tener conocimientos y experiencia acordes al tema que les corresponde supervisar. Por supuesto, todas las funciones interactúan entre sí, en la búsqueda del cumplimiento de un objetivo superior, el objetivo de la organización, bajo la conducción de un supervisor general, el equivalente al Gerente General de la empresa imaginaria. Esta división es, por decirlo de alguna manera, básica y elemental, como es de sentido común, que los responsables de administrar cada función sean idóneos en el tema que deben dirigir y que cada uno se ocupe de los temas para los que fue designado. 

Este sentido común que mencionamos, y sin que signifique un juicio de valor para con los profesionales de la administración o de las ciencias económicas, indica que estos profesionales no están en general lo suficientemente capacitados para resolver por ejemplo, problemas de productividad de una fábrica. Si así fuera, los jefes de fábrica o de producción de las empresas serían contadores o economistas. Y la realidad indica que esto no es así. Cada uno debe hacer aquello para lo cual se preparó.

Podemos ahora hacer un paralelo interesante entre lo ocurrido en nuestra empresa imaginaria y la Administración Pública Nacional. Si reemplazamos al Gerente General por el Presidente de la Nación, al encargado de la administración por el Ministro de Economía y los precios de los productos por impuestos, y mantenemos el ajuste de los gastos, estamos no frente a una situación imaginaria sino frente a la realidad nuestra de todos los días. Lo curioso es que el error que cometió el gerente imaginario es el mismo error que cometió el presidente: asignar la responsabilidad de la solución de los problemas que nos aquejan al funcionario encargado de las finanzas públicas, a los funcionarios del Ministerio de Economía. A los economistas.

Nuestro país padece desde hace varios años de una sobredosis de economía. Pidiéndole autorización a Cervantes, podríamos decir que padece de economicitis. Hemos transformado a la economía, de ser la ciencia que estudia los problemas de la producción y la distribución de los bienes para la satisfacción de las necesidades del hombre, en una especie de ciencia total, capaz de resolver por sí sola todos los problemas, fuente de todo lo bueno y todo lo malo que sucede. Y si bien casi todos los problemas que afectan nuestras vidas tienen su costado económico, en cuanto que prácticamente todos tienen asociados el consumo de algún tipo de recurso, no por eso la economía es la ciencia que aportará la solución concreta a esos problemas.

Es así que existe una verdadera industria asociada a la economía: diarios y revistas especializadas, programas de radio y televisión dedicados exclusivamente al análisis de temas económicos. En sí no está mal que exista. Lo que ocurre es que hemos perdido el sentido común que nos permita distinguir el límite entre lo que es el enfoque económico de un problema y lo que debe ser la solución práctica y real del mismo. Todo se desarrolla en el plano de la discusión económica, acotándola a una pocas palabras: gasto público, déficit fiscal, ajuste, intereses de la deuda y alguna otra. 

Y por supuesto, asociados a la economía, están los economistas. Profesionales de la ciencia económica que estudian e investigan conductas y acontecimientos, tratando de explicar las razones del comportamiento del hombre y su relación con el uso de recursos escasos, para así poder plantear escenarios futuros y sus probables consecuencias, que ayuden a gobernantes y empresarios, e inclusive al hombre común, en su toma de decisiones. Es cierto que la complejidad creciente de los problemas sociales, el reclamo de mejor calidad de vida de la población, la velocidad de circulación de la información, las enorme variedad de instrumentos de las finanzas modernas, les han ido otorgando mayor participación en la discusión de los problemas cotidianos. Pero aún con esta mayor participación, su función clásica es la misma: analizar, investigar, estudiar, aportar el resultado de sus trabajos para el logro de una mejor calidad de vida. Sus conclusiones son indudablemente útiles y necesarias para la toma de decisiones. 

Pero porqué padecemos esta confusión, este exceso de economía? La razón por la cual en nuestro país todo gira alrededor de la economía, los economistas y los modelos económicos, se debe a la incapacidad con que la dirigencia política ha administrado los recursos públicos en los últimos años. A partir de la ausencia de una visión de país, de un proyecto de país que oriente la utilización de los recursos hacia el cumplimiento de objetivos precisos, a lo que debe sumarse el nombramiento, en los cargos claves de la administración, de personas sin la capacidad suficiente para ejercerlos, hemos llegado a esta situación irracional para un país con nuestro potencial. Los resultados están a la vista: la pésima administración, sumada a la complejidad de los problemas, la negligencia y la corrupción, generó tal descalabro en las finanzas públicas, que se terminó trasladando la administración concreta de los problemas reales a los economistas. Se interpretó que los valores que tomaban los índices que reflejan la situación económica, eran consecuencia de problemas de la economía y no el resultado de problemas de gestión y capacidad. Los efectos de este traslado de la responsabilidad para la solución de los problemas son similares a lo que le pasó a la empresa imaginaria que inicia esta reflexión. La recesión, el desempleo, la marginalidad. La quiebra.

El ejemplo más claro de esto son los procedimientos utilizados en la elaboración y seguimiento del Presupuesto Nacional. Lo que debería ser la herramienta fundamental para llevar adelante una gestión organizada, se reduce a una asignación de partidas según criterios políticos. Por supuesto que si no hay un proyecto de país y objetivos claros, planificar que recursos serán necesarios para el logro de esos objetivos, para luego cuantificarlos y elaborar el presupuesto correspondiente, es pedirle peras al olmo. Luego, como el presupuesto fue confeccionado simplemente como un tema de números, generalmente no se lo puede cumplir. Entonces empiezan los ajustes. Y otra vez el carro adelante del caballo. Primero se ajusta y luego se ve que pasa. El objetivo es que los números cierren. No hay sentido común. Después, tampoco se analiza que se hizo con la plata que se gastó. Lo importante es ver si se gastó o no. En que, no importa. Otra vez que los números cierren. 

Imaginemos por un momento que con la salud pasara algo parecido. Que existieran los medicinistas, profesionales que estudiaran las variables que afectan la salud de la población, analizarían porque se enferma la gente, que pasaría si nadie se vacunara contra tal o cual enfermedad. Después explicarían que porque hizo más frío que el esperado la gente se resfrió más o hubo más gripe. Analizarían las razones de las epidemias, aconsejarían evitar el contacto con bacterias y cosas por el estilo. Aceptaríamos nosotros quedarnos sólo con este tipo de explicaciones? Por supuesto que no. Acudimos a los médicos. Tomamos los remedios que nos indican. Nos hacemos chequeos periódicos. Los médicos, nos recetan primero el remedio y luego nos preguntan por los síntomas? No. Usan el sentido común. Si se pincha la goma del auto vamos a la gomería. Si tenemos problemas legales, consultamos con un abogado. Sentido común. 

No saldremos de esta situación si de una vez por todas no encaramos la solución de los problemas con una altísima dosis de sentido común. Mientras continuemos creyendo que porque podemos cuantificar la magnitud de los problemas mediante índices de tipo económico, la solución de dichos problemas es un tema de la economía, a solucionar por los economistas, seguiremos errados y sin respuestas concretas. Quizás habrá momentos de mejora parcial, producto de alguna política económica particular en algún tema específico, algún salvavidas para salir de una emergencia, tal vez como está ocurriendo en estos momentos. Pero la solución definitiva seguirá pendiente.

Es necesario que la dirigencia política entienda que debe cambiar su estilo de conducción, o al menos, empezar a tener un estilo. Las bases para este nuevo proceso que deben encarar son la constancia, la capacidad y el criterio. Constancia, que implica la definición de un proyecto de país, con objetivos claros y permanentes en el tiempo, no acotados a los plazos en que dure su participación en el Estado. Las soluciones que necesitamos no se conseguirán en el corto plazo. Capacidad, que implica la profesionalidad en la gestión, con funcionarios idóneos, libres de limitaciones políticas. Criterio, que implica usar el sentido común para la solución de los problemas, dejando de lado el voluntarismo propio de los improvisados.

El ex presidente Clinton acuñó una frase que se repitió una y otra vez en la Argentina. Es la economía, estúpido!, refiriéndose a la importancia de la economía en la definición de una elección. Es cierto. Si los índices que muestran la situación de un país indican que se esta creciendo y que no falta empleo, que hay bienestar y mejora la calidad de vida, el votante premia con su voto al gestor de ese bienestar. Pero para que estos índices tengan valores que indiquen crecimiento y bienestar, debe funcionar la política. Por eso, en la Argentina también decimos: Es la política, estúpido! Ahora es el turno de que la política se ponga al servicio de la gente y empiece a gestionar las cosas públicas con capacidad, constancia y criterio. Es el sentido común, estúpido!

(*)Ingeniero Industrial