LA REFORMA DE DUHALDE NO DEBE PROSPERAR

Por Félipe Nicólas Yaryura Tobías
08/02/02

El presidente Duhalde insiste en un modelo que coloca a los gobernantes a espaldas del pueblo, prácticamente interrumpiendo los ciclos electorales

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Me pregunto si Botero hará obras por encargo. Si así fuera, cosa que dudo, podríamos pedirle que diseñe para nuestros gobernantes de este bimestre un buen par de orejas gigantes, ya que parece que las de ellos se encuentran tapadas o apuntan para otro lado. Tal vez el ruido de las cacerolas les causó algún grado de hipoacusia (espero que no demanden al Estado Nacional por accidente o enfermedad de trabajo).

¿Cómo es posible que, en los momentos que estamos atravesando, no se les ocurra mejor idea que cerrar aún más los canales de participación y organizar la política de modo tal de llamar a elecciones tan solo una vez cada cuatro años?

Los argentinos necesitamos, y queremos, exactamente lo contrario. Más bien desearíamos trasplantar a nuestro sistema político el ingenioso mecanismo con el que Oliverio se deshacía de sus amantes en la cama de "El lado oscuro del corazón": apretaba un botón, se abría un hueco por el cual caían y a otra cosa.

Si vamos a gastar dinero en otra reforma constitucional (siempre estará mejor empleado en estos menesteres que en continuar subsidiando la fiesta del elenco estable), deberíamos mirar muy bien y detenidamente para afuera, para adentro y para atrás.

El sistema político argentino, fuertemente presidencialista, fue importado hace 150 años de los Estados Unidos de Norteamérica. Prevé mandatos largos e irrevocables y por lo tanto, funciona muy bien cuando los presidentes son Washington, Lincoln, Adams, Sarmiento, Mitre o Avellaneda: personas que se identifican con el país a un extremo tal que ellos mismos, o sus padres, abuelos y hermanos arriesgaron y muchas veces entregaron su vida para formar una nueva nación, defenderla o proteger la libertad de sus ciudadanos.

Además, resultaba natural que ambos países compartiéramos esta clase de régimen político pues también nos identificaban factores geopolíticos tales como las enormes extensiones de tierra despoblada  y las largas distancias que impedían de hecho una mayor frecuencia de sufragio o renovación de representantes y autoridades.

Los años han pasado, terribles, malvados, y mientras los EE.UU. van por su 226to. año consecutivo de democracia, a nosotros nos pasó de todo. Ellos pueden conservar en parte, el espíritu del sistema de aquel entonces porque junto a sus fortísimas instituciones políticas y monetarias floreció toda clase de organizaciones cívicas que contribuyen diariamente a la visibilidad y control de los actos de sus gobernantes. La gente participa y se interesa y cuando no lo hace es porque se siente satisfecha con el modo en que van las cosas, no porque no pueda intervenir.

Me parece que nuestra reforma constitucional debería ir exactamente para el lado contrario. Nosotros no podemos seguir permitiéndonos el lujo de presidentes sin respaldo popular o no elegidos por el voto de la gente. Ni podemos tampoco, en una sociedad con instituciones tan débiles y vulnerables, aceptar que señores que se encuentran sospechados o seriamente imputados de corrupción continúen en sus cargos de jueces o legisladores como si tal cosa.

Desde el comienzo de las cacerolas hasta que pinte distinto, los argentinos no vamos a tolerar nunca más que cualquier persona gobierne a contramano de la gente. ¿Qué es eso de pedir 15.000 milllones de dólares prestados sin permiso? ¿A quién le preguntaron? ¿Qué es eso de decidir que el Estado Nacional (o sea todos) subsidien el pago de la deuda de algunos grupos y corporaciones privados? ¿Quién los autorizó a liberar a los bancos de su obligación de devolver conforme lo pactaran los ahorros que les confiaran millones de argentinos?

Así que, si de reformar la constitución se trata, más vale que apuntemos a sistemas que prevean elecciones frecuentes y cada vez que sean necesarias, eliminación de listas sábanas y que los mandatos sean revocables. Cuando un presidente pierda respaldo, deberá llamar a elecciones. Lo mismo cabrá hacer con las bancas legislativas cuyos ocupantes deban cesar en su cargo por cualquier motivo (esto sería muy sencillo de implementar bajo un régimen de circunscripciones uninominales). Que cada vez tengamos más cargos para elegir (¿por qué no los jueces y los fiscales?) y, sobre todo, que las decisiones trascendentes se tomen con intervención y control de toda la ciudadanía y de sus representantes.

Endeudar al país en miles de millones de dólares no es un detallecito que pueda resolver un ministro de economía o un presidente (ni hablar de un presidente no elegido en votación popular). Tampoco es anecdótico invitar a una cantidad de bancos extranjeros a instalarse en nuestro país para captar y manejar los ahorros de toda la población y, en la primera de cambio, liberarlos de cumplir sus compromisos con la gente.

Si Argentina quiere volver a ser un país "gobernable" debe canalizar sí o sí el clamor de las cacerolas. Todos los ciudadanos tenemos que tener al alcance de la mano mecanismos legales e institucionales para actuar y proponer cuando las cosas se van de madre o los gobernantes de turno comienzan a sufrir su usual amnesia.

No aceptemos entonces sistemas que nos coarten aún más nuestra posibilidad de expresarnos (aunque más no sea que a través del periódico ejercicio del sufragio) o paternalismos absurdos que nieguen a la gente la capacidad de elegir hacia dónde va y por qué camino.