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El
presidente Duhalde insiste en un modelo que coloca a los
gobernantes a espaldas del pueblo, prácticamente
interrumpiendo los ciclos electorales |
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Me pregunto si Botero hará
obras por encargo. Si así fuera, cosa que dudo, podríamos pedirle
que diseñe para nuestros gobernantes de este bimestre un buen par
de orejas gigantes, ya que parece que las de ellos se encuentran
tapadas o apuntan para otro lado. Tal vez el ruido de las cacerolas
les causó algún grado de hipoacusia (espero que no demanden al
Estado Nacional por accidente o enfermedad de trabajo).
¿Cómo es posible que, en
los momentos que estamos atravesando, no se les ocurra mejor idea
que cerrar aún más los canales de participación y organizar la
política de modo tal de llamar a elecciones tan solo una vez cada
cuatro años?
Los argentinos necesitamos,
y queremos, exactamente lo contrario. Más bien desearíamos
trasplantar a nuestro sistema político el ingenioso mecanismo con
el que Oliverio se deshacía de sus amantes en la cama de "El
lado oscuro del corazón": apretaba un botón, se abría un
hueco por el cual caían y a otra cosa.
Si vamos a gastar dinero en
otra reforma constitucional (siempre estará mejor empleado en estos
menesteres que en continuar subsidiando la fiesta del elenco
estable), deberíamos mirar muy bien y detenidamente para afuera,
para adentro y para atrás.
El sistema político
argentino, fuertemente presidencialista, fue importado hace 150 años
de los Estados Unidos de Norteamérica. Prevé mandatos largos e
irrevocables y por lo tanto, funciona muy bien cuando los
presidentes son Washington, Lincoln, Adams, Sarmiento, Mitre o
Avellaneda: personas que se identifican con el país a un extremo
tal que ellos mismos, o sus padres, abuelos y hermanos arriesgaron y
muchas veces entregaron su vida para formar una nueva nación,
defenderla o proteger la libertad de sus ciudadanos.
Además, resultaba natural
que ambos países compartiéramos esta clase de régimen político
pues también nos identificaban factores geopolíticos tales como
las enormes extensiones de tierra despoblada
y las largas distancias que impedían de hecho una mayor
frecuencia de sufragio o renovación de representantes y
autoridades.
Los años han pasado,
terribles, malvados, y mientras los EE.UU. van por su 226to. año
consecutivo de democracia, a nosotros nos pasó de todo. Ellos
pueden conservar en parte, el espíritu del sistema de aquel
entonces porque junto a sus fortísimas instituciones políticas y
monetarias floreció toda clase de organizaciones cívicas que
contribuyen diariamente a la visibilidad y control de los actos de
sus gobernantes. La gente participa y se interesa y cuando no lo
hace es porque se siente satisfecha con el modo en que van las
cosas, no porque no pueda intervenir.
Me parece que nuestra
reforma constitucional debería ir exactamente para el lado
contrario. Nosotros no podemos seguir permitiéndonos el lujo de
presidentes sin respaldo popular o no elegidos por el voto de la
gente. Ni podemos tampoco, en una sociedad con instituciones tan débiles
y vulnerables, aceptar que señores que se encuentran sospechados o
seriamente imputados de corrupción continúen en sus cargos de
jueces o legisladores como si tal cosa.
Desde el comienzo de las
cacerolas hasta que pinte distinto, los argentinos no vamos a
tolerar nunca más que cualquier persona gobierne a contramano de la
gente. ¿Qué es eso de pedir 15.000 milllones de dólares prestados
sin permiso? ¿A quién le preguntaron? ¿Qué es eso de decidir que
el Estado Nacional (o sea todos) subsidien el pago de la deuda de
algunos grupos y corporaciones privados? ¿Quién los autorizó a
liberar a los bancos de su obligación de devolver conforme lo
pactaran los ahorros que les confiaran millones de argentinos?
Así que, si de reformar la
constitución se trata, más vale que apuntemos a sistemas que
prevean elecciones frecuentes y cada vez que sean necesarias,
eliminación de listas sábanas y que los mandatos sean revocables.
Cuando un presidente pierda respaldo, deberá llamar a elecciones.
Lo mismo cabrá hacer con las bancas legislativas cuyos ocupantes
deban cesar en su cargo por cualquier motivo (esto sería muy
sencillo de implementar bajo un régimen de circunscripciones
uninominales). Que cada vez tengamos más cargos para elegir (¿por
qué no los jueces y los fiscales?) y, sobre todo, que las
decisiones trascendentes se tomen con intervención y control de
toda la ciudadanía y de sus representantes.
Endeudar al país en miles
de millones de dólares no es un detallecito que pueda resolver un
ministro de economía o un presidente (ni hablar de un presidente no
elegido en votación popular). Tampoco es anecdótico invitar a una
cantidad de bancos extranjeros a instalarse en nuestro país para
captar y manejar los ahorros de toda la población y, en la primera
de cambio, liberarlos de cumplir sus compromisos con la gente.
Si Argentina quiere volver
a ser un país "gobernable" debe canalizar sí o sí el
clamor de las cacerolas. Todos los ciudadanos tenemos que tener al
alcance de la mano mecanismos legales e institucionales para actuar
y proponer cuando las cosas se van de madre o los gobernantes de
turno comienzan a sufrir su usual amnesia.
No aceptemos entonces
sistemas que nos coarten aún más nuestra posibilidad de
expresarnos (aunque más no sea que a través del periódico
ejercicio del sufragio) o paternalismos absurdos que nieguen a la
gente la capacidad de elegir hacia dónde va y por qué camino.
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