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Esta es una historia que me
atrevo a narrar, por respeto a mis compatriotas que pelearon en
Malvinas
No tuvo en cuenta las
bengalas.
Toda la tarde estuvo
imaginándose como sería el terreno unos 50 metros delante. Antes
de llegar al repecho de la loma que se veía de a ratos, con su
plana, arisca y ventosa cresta, como a un cuarto de legua, sin un
solo yuyo, solo recovecos imaginados y, un par de veces transitados
en exploración diurna, habían entrado por la otra cuesta, más al
sur, ahora ya no podía.
Estaba acostumbrado a
dibujar en su mente altibajos de los paisajes, las hondonadas, los
pliegues del terreno, los arbustos, - que allí no estaban – mirar
por entre la neblina, imaginar y comprobar donde comenzaba un zanjón,
por la huella que el agua deja en la tierra y los pastos. Pero aquí
era diferente.
Enseguida se había dado
cuenta que el viento no traía olores, ni había arboledas para
referencia.
Comió del tarro,
calentado un poco atrás de la posición, solo un par de bocados,
porque los quejidos no cedían; allá adelante, como una letanía
eran una referencia. Para él y para , seguro, el gringo que
esperaba pasando el primer repecho.
No supo de su nombre,
solo lo vio unas veces en los relevos de las primeras posiciones,
siempre rápidos, enterrando las patas hasta donde se podía evitar,
pero rápido, muy rápido. Fue la primara vez que lo miro fijo al
cruzarse, casi a los tropiezos y percibió, por el sordo y metálico
ruido que se le había caído el Fal. Y se volvió solo en un breve
instante para verlo cuando terminaba de recogerlo y limpiarlo con la
manga del brazo, mientras corrían entre el ruido de las cada vez más
certeras explosiones y entre los gritos y las ráfagas que siempre
tiraban para delante y cubrir a los que llegaban primero.
En el último relevo no
le vio que volvía.
Ese Harrier paso bajito
y en cuanto llego al hoyo cubierto y mojado se asomó y tiro un par
de ráfagas contra la niebla y a su altura, para que los de atrás
llegaran con alguna posibilidad.
No sabía porque, pero
se le antojó que era porteño.
Los cuatro se
dispusieron en semicírculo y fue cuando escucho esos quejidos. Allá
adelante, por donde llegaban los ruidos de los rotores de los helicópteros,
detrás de la loma. Y el cañoneo que los hostigaba tenía un ritmo
que a uno lo animaba.
Pero que carajo hacía
allá adelante. Quién le habría mandado para allá, donde la
neblina se depositaba en la hondonada y con el viento te dejaba al
descubierto en lo que dura una escupida.
Y el quejido, traído
alguna vez por el viento y otras por el dolor mas fuerte no cedía.
Y si se animaba y se
corría para allá?,
Se alejaba el ruido de
los helicópteros. Seguro se estaban desplegando. El cañoneo seguía,
ahora sobre el despliegue que estarían haciendo. Y el
Harrier volvió a pasar. Sintió los gritos mas atrás, las
descargas al aire por el silbido que la radio avisaba, con solo un
par de segundos, que mandaban ellos.
Juancho prendió un
cigarrillo y se lo paso con la segunda pitada; recargaron y
esperaron. Tenían unos cincuenta metros de vista, suficientes para
avisar y separarse en unos segundo para dispararles, en cuanto se
pudieran asomar, desde allá , desde donde seguían llegando los
quejidos, y decidió ir.
Conté tres en el relevo
que volvía y no lo vio, seguro era el. Si corría llegaría en unos
quince o 20 segundos; Juancho le dijo que era mucho tiempo. A esa
hora seguro le daban, se tenían una avanzada de exploración le
daban y seguro esperaban que los quejidos trajeran a una ayuda y que
los esperaban, del otro lado de la hondonada y, decidió esperar que
se apagara un poco más el día.
A la hora nomás, se
escucharon los ruidos de avispa de los helicópteros, seguro sería
la segunda línea que estaban preparando para seguir al despliegue
de la ya desembarcada y en apresto, debía apurarse; si se cañoneaban
a las posiciones de avanzada, se debían dividir de a dos empujar
con plomo para adelante y ocupar la posición inmediata detrás,
donde calentaban la ración con lo que se podía y, debía ir antes.
Seguro se lanzarían al
caer la noche, si la exploración les dio certeza, estaban en medio
del centro del empujón que darían los gringos. Ellos también sabían
que no la sacarían gratis.
Pero debí ir ahora. Le
dijo a Juancho que lo cubriera como pudo, no sentía las manos ni
los piés , solo sentía el quejido. Tendría el Fal ?. Porteño
boludo.
Y se tiro para adelante,
donde la noche llegaba, la neblina no se rompió y corrió agachado
como pudo con ese dolor en el tobillo entumecido en la posición y
no disparó, deschavaría su posición y Juancho tampoco debía
disparar, porque deschavaría que cubría a alguien cuando no había
ofensiva de exploración de ellos.
Se cayó, con fuerza,
con la culata del arma bajo las costillas y con barro en la boca lo
vio al “porteñito”, en el fondo de la hondonada con agua
helada.
Se preparó para correr
hacia el “porteñito boludo que se le caía el Fal” y, entonces
el cielo se prendió fuego y el porteñito lo miró, y sintió
primero el calor que se le filtraba por el pecho, muy hondo y el
porteñito estiró la mano y quiso llegar y había mas fuego y
sintio otro dolor jodido en la rodilla y el porteñito agarro su fal
y tiro para detrás de él y Juancho comenzó a tirar, y el porteñito
tenía sangre en el cuello y siguió hacia él, lo quiso tocar y el
porteñito seguía tirando hacia donde le tiraron a él y el gringo
se calló y el porteñito se puso un poco en pié y llegó Juancho
para sacarlo y, el,... el vio algo blanco, y no sentía dolor y lo
agarro al porteñito del brazo y, ..y le dijo
“ boludo, que hacías aca?, “ y el pibe de Buenos Aires
le dijo, “ yo sabía que alguien vendría” y ....entonces le
soltó la mano al “porteñito”, la rodilla ya no estaba, el
pecho era una burbuja de sangre y frio y le dijo al pibe, al que se
le caía el Fal cuando corría, “seguro, tenelo por seguro,
siempre alguien viene” y cerro los ojos solo para ver como se
apagaban las llamas y los ruidos se acallaban, por respeto.
Por respeto, a todos los
que ahora estaban resistiendo entre los gritos que los correntinos
saben exclamar en la furia de la sangre y jugados, aunque se le
cayera el Fal
a algún “porteñito”. Y, ...por los que estaban
muriendo. En los dos bandos.
No podían usar el
radio, solo lo limpiaron y comprobaron que estaba con el hilo
colocado y sin la excitación de la antena que ayuda a que te
localicen.
Al “porteñito” lo
pudieron evacuar, se quedaron esperando. Esperando. Y extrañando al
pibe que quedó en medio del agua en la hondonada. Era de
Corrientes, de Villaguay y, siempre le pasaban el pucho, después de
dos pitadas.
Mucho después, cuando
he pasado varias veces por Corrientes, por Villaguay, antes de
entrar, me acuerdo de un chango
valiente, que corría enfrente del pelotón, cubriendo a los
que lo seguían, custodiando a una radio de avanzada y, a algún
“porteñito”
Juan de Dios Romero
Buenos Aires – Argentina
juan869@hotmail.com
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