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Una característica de la Administración Pública
es la gran cantidad de funcionarios de origen político que
ocupan los diferentes cargos que componen el inmenso
organigrama estatal.
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| Desde los funcionarios de la
Presidencia de la Nación, hasta el más pequeño de los
organismos descentralizados. Similar situación se repite en
las provincias y municipios. |
Aceptando que algunos cargos deban ser ocupados por
funcionarios con militancia política, a fin de preservar la
necesaria dosis de poder para gobernar, la elección de
quienes ocupan los puestos subalternos, seguramente se hace sin
evaluar en profundidad las condiciones y conocimientos específicos
que la posición requiere. Mucho menos se le deben hacer los
tradicionales exámenes psico-técnicos, tan comunes en la actividad
privada, que permitan detectar por ejemplo, su capacidad de conducción,
su comportamiento ante situaciones de conflicto, su habilidad para
planificar y administrar recursos, su manejo de las relaciones
interpersonales, es decir, todo aquello que evalúa la actividad
privada antes de incorporar a una persona que tendrá a su cargo
personal, recursos y la toma de decisiones, y que permite optimizar
la elección del postulante, para a su vez optimizar la gestión a
realizar.
Este vicio de la Administración Pública da como resultado que
quienes son nombrados para ocupar dichos cargos, generalmente no
satisfacen los requisitos mínimos que debieran tener. En otras
palabras, si fueran elegidos con los criterios que se usan en la
actividad privada, no pasarían los filtros de la selección previa.
La principal, y a veces única condición con la que son nombrados
la gran mayoría de los funcionarios, es su status político, su
antigüedad como afiliado al Partido, su parentesco. Los resultados,
que están a la vista, no pueden ser otros que la improvisación, la
incapacidad, la ineficiencia. A lo que se suma la soberbia de creer
que en el corto plazo en que les tocará actuar, solucionarán todos
los problemas, con su única verdad, despreciando lo hecho por los
funcionarios políticos que los precedieron e ignorando los
conocimientos y experiencia de los funcionarios de carrera.
Dentro de este panorama, los últimos días se tuvo conocimiento de
la situación en que se encuentra la Orquesta Sinfónica Nacional.
Esta agrupación, de casi 52 años de vida, está, una vez más,
navegando en el mar de la burocracia administrativa, azotada por las
olas de la improvisación y la ineficiencia.
Agrupación que por sus características debiera estar por encima de
cualquier bandería política ya que tiene un objetivo claro y
sencillo: ofrecer al público la calidad de sus interpretaciones.
Requiere de una planificación previa de sus presentaciones, y la
asignación del presupuesto correspondiente. Nada más. El resto
depende de sus miembros, de su técnica y su pasión por la música.
Sin embargo, la burocracia e ineficiencia de los funcionarios de
turno han logrado que algo simple se transforme en otra triste
comedia de absurdos. De un presupuesto de 600 mil pesos, se le
adeudan 200 mil; no tienen un lugar apropiado para ensayar: el piso
11° del Teatro Nacional Cervantes es un “infierno en verano y el
polo en invierno”, siempre y cuando puedan llegar al piso si
funciona el ascensor; además, el único balcón del piso fue
clausurado por problemas de seguridad.
Tiene problemas con el pago del alquiler de las partituras, con el
pago de los intérpretes de refuerzo, con el pago de los solistas.
Están a punto de quedarse sin un lugar para sus actuaciones.
Para tratar de entender esta irracionalidad basta con observar, por
un lado, la burocracia: la Orquesta depende de la Dirección
Nacional de Música, organismo dirigido por un justicialista quien
ganó el cargo por concurso; la Dirección mencionada aparentemente
depende de la Directora Nacional de Patrimonio, Museos y Arte, que a
su vez depende de la Secretaría de Cultura de la Nación. Los
funcionarios que dirigen estos organismos, por su origen político,
no concuerdan con el Director Nacional de Música. También nos
enteramos que hay una Casa Nacional de Música, que no está en
condiciones edilicias adecuadas. Pero hay un subsecretario de
Cultura que está a cargo de ponerla a punto. Es bastante complicado
ser eficiente cuando hay tanta gente participando e interfiriéndose,
aún cuando se ponga buena voluntad.
Por otro lado, la incoherencia de quienes dirigen la Secretaría de
la Cultura. Embarcados en proyectos extraños, como crear un Sistema
Nacional de Medios Públicos, con un presupuesto de entre 50 y 60
millones de pesos, o llevar adelante campañas de las Abuelas de
Plaza de Mayo. O el Programa de Moda y diseño hecho en Argentina
para el mundo.
O en organizar festivales de jazz en el sur, con el singular
objetivo de promocionar el turismo en esa zona, como si las
extraordinarias bellezas naturales de esos lugares necesitara de
festivales para su promoción. Para estos festivales sí hay
fondos. Aunque se presupuesten 150 mil pesos y luego se terminen
gastando 320 mil. Y tantas otras actividades que suenan más a cosas
de momento que a Cultura, admitiendo lo difícil que es definir
Cultura. No sería más racional, si de turismo se trata, que
Buenos Aires tuviera la Orquesta Sinfónica Nacional con la dignidad
que se merece esta agrupación, como un polo más de atracción para
quienes visitan nuestra ciudad?
La Secretaría de Cultura dispone de un presupuesto de 161 millones
de pesos.
Es mucho dinero. Si lo que se pretende es mejorar la gestión, tal
como se lo repite permanentemente, mantener una deuda con la
Orquesta de 200 mil pesos, gastar sin mucho sentido 320 mil pesos en
un festival, e inclusive mantener el famoso Canal 7, que
genera un déficit operativo mensual de entre 300 mil y 400 mil
pesos, no habla muy bien de la gestión ni de los objetivos.
La Argentina necesita seriedad y coherencia en todas sus áreas.
Parece que en este sector, algo está fallando. Esto es sólo un
ejemplo en la forma de encarar la administración de la cosa pública:
la improvisación, fruto de los cargos políticos ocupados sin ningún
tipo de seriedad profesional, es algo a estudiar y eliminar.
Para el tema particular de la cultura, que interesante sería que se
defina de una vez por todas cual es la función del Estado, no del
gobierno, en este tema tan importante. Lo que sí es fundamental es
que debe quedar claro que no debe depender del voluntarismo del
funcionario de turno.
(*)Fortunato
J. Canevari
Ingeniero Industrial
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