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Muchos jóvenes se están involucrando en los asuntos públicos.
Quizá se esté gestando una nueva generación de políticos profesionales. En todo caso
esto es un verdadero cambio que debe ser celebrado.
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La Argentina disfrutó
de dos grandes generaciones de políticos profesionales que produjeron los cambios más
importantes y positivos para la nación.
La primera generación fue la que,
comenzando con la Revolución de Mayo, obtuvo la independencia y la victoria militar que
dio comienzo a nuestro país como entidad política autónoma: la primera junta, los
triunviratos, los asambleístas del XIII, los directores, los congresales de Tucumán, San
Martín y todos sus lugartenientes.
La segunda generación fue la que,
entre el gobierno de Mitre y la caída de Yrigoyen, su último y anciano exponente, forjó
el país moderno: escuelas, universidades, legislación, tribunales, pueblos, ciudades,
colonias rurales, ferrocarriles, campaña del desierto, inmigración, primeros sindicatos,
universalización del voto... son algunos de sus perdurables frutos.
Confío en que ahora, recién
ahora, estemos presenciando el nacimiento de una nueva generación. Y me propongo explicar
las razones de mi optimismo.
Los dos grupos a que hice
referencia tienen notables similitudes en su origen y en su final.
El origen tuvo que ver, en ambos
casos, con la necesidad imperiosa de resistir a la concentración absurda del poder que en
todos los países del mundo suelen generar las alianzas entre quienes detentan el control
económico, los burócratas que se ocupan de la administración y las fuerzas armadas.
Esto pasó en la época del Virreinato, donde los funcionarios de la Metrópoli trabajaban
para preservar sus recursos económicos coloniales, y pasó en la época de Rosas y los
caudillos, donde directamente se identificó el gobierno con los estancieros y
terratenientes más acadalados, quienes se valieron de las montoneras y piquetes de
gauchos incultos para amedrentar, exiliar y eliminar a sus opositores.
Y el final, en ambos casos, radicó
en la falta de sucesores dignos tras la desaparición física de los protagonistas. Claro.
Uno podría preguntarse cómo podría formarse una clase política de vuelo a la sombra de
personajes tales como Mariano Moreno, Castelli, Paso, Belgrano, San Martín, Rivadavia,
Alvear, Pueyrredón o Lavalle, en un caso, o Mitre, Roca, Sarmiento, Avellaneda, Carlos
Pellegrini, Alem e Yrigoyen en el otro. Cualquier estudiante secundario podría recitar
sin mucho esfuerzo al menos 50 nombres de cada una de ambas generaciones, a quienes
debemos sumar todos los que desde distintos lugares y posiciones acompañaron a sus
representantes más ilustres.
Esta óptica no importa desmerecer
a quienes durante los lapsos subsecuentes intentaron emular a sus predecesores y luchar
por la vigencia de los valores republicanos. Esteban Echeverría o Alberdi durante el
rosismo. O Lisandro de la Torre, Lebensohn, Palacios, Dickman, Juan B. Justo,
Frondizi,
Alende y Balbín desde el ´30 en adelante.
Pero estos casos aislados y
solitarios no llegaron nunca a formar una "generación". Una cantidad suficiente
como para torcer un rumbo determinado. Para hablar de "generación" es preciso
que exista un cierto volumen, un cierto peso. Pasión. Y también es menester que este
volumen se dé en todos los lugares del arco ideológico de que se trate. Porque sin
opositores de calidad, control y confrontación es imposible probar, crear e implementar
un modelo viable de país.
Nuestro país viene saliendo de
casi 70 años durante los cuales el poder real pasó por la alianza perversa que antes
identificara: poder económico (los estancieros durante el fraude "patriótico",
los sindicalistas y los industriales durante el peronismo, las diversas multinacionales y
nuevamente los estancieros durante los gobiernos militares), fuerzas armadas y burocracia
estatal. Particularmente interesante es este último componente y la exitosa tarea de sus
integrantes en pos de justificar su propia existencia y asegurar la tradición de sus
cargos a sus descendientes y amigos.
Desde 1983 en adelante, las
instituciones inmaduras y que recién echaban a andar fueron también pasto de los
mecanismos de dominación de esta alianza horizontal, que corrompía a sus integrantes
cuando no podía directamente designar a sus propios representantes en toda clase de
cargos: jueces, políticos y legisladores débiles, sin carácter o directamente venales.
Todo ello generó un descreimiento
y un desinterés por la política ("todos los políticos son corruptos") que
alejó a los jóvenes y a los ciudadanos decentes del interés por la cosa común y
pública. Desinterés que tenía un correlato "real" en la falta de
identificación entre el destino personal y el de la comunidad a la que pertenecemos.
Pero hoy parece que la cosas pueden
cambiar: será el fruto de una situación social y económica insostenible (en la cual la
parece que ya no basta con sólo trabajar para uno mismo para asegurarse un nivel digno de
vida), será la madurez de los jóvenes que adquirieron el uso de la razón ya en pleno
gobierno democrático, será lo ostensible que resulta la vulnerabilidad de las
instituciones frente a los nuevos protagonistas del poder económico (fundamentalmente
quienes detentan las empresas de servicios públicos privatizados y quienes compraron las
principales compañías locales).
Cada día podemos leer en los
medios cómo una cantidad creciente de jóvenes se interesa por los asuntos públicos en
forma profesional: sea en cargos de gobierno, en organizaciones no gubernamentales, en la
Justicia o en las distintas legislaturas y partidos políticos, está naciendo una
generación de personas dispuestas a "sacrificar" el supuesto mejor rédito que
obtendrían en la actividad privada para dedicar sus esfuerzos al bienestar general.
Ojalá que esto perdure, pues por
más poderosas que resulten las concentraciones de poder económico o corporativo, en
todos los países civilizados los grandes cambios políticos, económicos y sociales nacen
precisamente de quienes dedican su vida a la política, en el buen sentido, pues son
quienes representan a la gente.
Es necesario que en nuestro país y
en el resto de Latinoamérica aparezcan no sólo los equivalentes de
Miterrand, Felipe
González, Gorbachov, Blair, Clinton o Kohl, sino de todos quienes desde cargos más o
menos visibles apuntalaron sus gestiones transformadoras. Políticos de raza, capaces de
morir de amor por el país y su gente.
Suerte, Goyo.
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