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Introducción
“La
desocupación no está relacionada con el delito”
sostuvo William Bratton en una de sus visitas a nuestro país al ser
consultado acerca de los factores que incidían en el aumento de la
delincuencia en las grandes ciudades. En efecto, para el creador del
régimen denominado de “tolerancia
cero”,
cuyo sistema se ofrece como solución eficaz para aquellas
sociedades que se encuentran atravesando dificultades originadas en
el crecimiento de la actividad delictiva, la causa del delito es el
mal comportamiento de los individuos y no la consecuencia de las
condiciones sociales, contradiciendo así a las clásicas opiniones
que sostienen que el delito es el producto de carencias
individuales, morales o de comportamiento.[1]
No
obstante estas categóricas afirmaciones, que cuentan con un
importante consenso entre políticos, dirigentes y ciudadanos en
general, no puede desconocerse que detrás de la búsqueda de solución
al problema de la delincuencia se acercan intereses económicos de
un enorme conjunto de personas, físicas y jurídicas, que de forma
directa o indirecta obtienen importantes réditos con el engranaje
que mueve la delincuencia, su control, represión, prevención y
tratamiento posterior.
Contrariamente
a ello, en otras ciudades donde se han aplicado otros sistemas
distintos del denominado “tolerancia
cero”,
basados fundamentalmente en un acercamiento entre las autoridades
policiales y los ciudadanos, actuando en la resolución de los
problemas con la cooperación activa y regular entre ambos –conocido
como policía comunitaria- el índice de criminalidad se redujo
proporcionalmente en forma sustancialmente mayor.
A
la proclamación señalada inicialmente se le acompaña la predicción
de que resulta posible reducir rápidamente la delincuencia mediante
la utilización de los elementos que el sistema ofrecido ostenta.
Este
sistema de “tolerancia cero” se sostiene, no sólo en la lógica
aplicación rigurosa de las leyes, sino en la dirección de su
imposición hacia determinados grupos característicos. Entre estos
grupos de personas selectivamente escogidas para soportar la gran
carga de llevar adelante el sistema de lucha contra el delito se
encuentran todos aquellos que se ven alcanzados por el flagelo de la
desocupación, en todos sus matices, que puede presentarse a veces
como sub-ocupación u ocupación parcial.
Algunas
estadísticas recientes avalan lo expuesto y demuestran, a
diferencia de la aseveración inicial, que la desocupación tiene
una importante incidencia en el índice de criminalidad, siendo uno
de los factores determinantes para que ciertos individuos, ante la
imposibilidad de dar respuesta satisfactoria a sus necesidades básicas,
se inclinen por el camino del delito.
La
fuerza de las cifras
Según
las últimas cifras oficiales en la República Argentina un 25,1% de
la población económicamente activa
se encuentra desempleada, mientras otro 18,6% está
subocupada.[2]
De manera tal que más de 5 millones de personas de la
población en condiciones de realizar tareas, padecen inconvenientes
vinculados con el empleo, superando apenas el 40% de la población
económicamente activa cuya cifra total es de más de 13.000.000 de
personas.
En
el año último en la Provincia de Buenos Aires se perdieron más de
cien mil puestos de trabajo y en algunas provincias como Tucumán y
Jujuy el índice se encuentra muy cercano al veinte por ciento.
Estos
porcentajes se ven conformados fundamentalmente por sujetos de entre
20 y 25 años de edad, franja en la cual se registra un índice de
desempleo cercano al 30%. Este número resulta de consideración
inevitable a la hora de analizar el aumento de la criminalidad, toda
vez que conforma la franja más importante de edad de los individuos
que delinquen.
Pero
también existen otros números a los que debe atenderse. En la
ciudad de Buenos Aires 898.000 personas perciben ingresos menores a
los doscientos pesos mensuales; mientras que 72.700 personas
conforman el grupo de los denominados “cartoneros”;
y 671.400 personas están ocupadas de manera temporaria o
realizan las llamadas “changas”.
En
la República Argentina un 21% de la población vive con menos de un
dólar por día, alcanzando el total de 7.777.000 personas. La
devaluación de la moneda ha arrojado, entre otros resultados, el
ingreso a la pobreza de 3.813.000 personas nuevas, a razón de
25.000 nuevos pobres por día. Hay 8.319.000 niños y jóvenes que
viven en tres millones de hogares pobres, de manera tal que el 66,6%
de los menores de la República Argentina es pobre. No obstante
estos números, que van trascendiendo de la alarma a la desesperación,
representan unos de los índices más bajos de América Latina, pero
contrariamente, resultan abultadísimos a la luz de las cifras que
se manejan en los países de Europa y Norteamérica.
Desde
otra óptica, en el primer cuatrimestre del año 2000 en la ciudad
de Buenos Aires se denunciaron 19.803 delitos contra las personas y
43.934 delitos contra la propiedad. En el primer caso significó un
aumento del 31,19% y en el segundo una reducción del 1,95% con
respecto a los registros del idéntico periodo del año anterior. En
los últimos diez años los delitos denunciados en el territorio
nacional aumentaron en un 89% y en la ciudad de Buenos Aires lo
hicieron en un 313%.
En
esa ciudad, mientras que en 1990 se denunciaron 61.203 delitos en el
año 1999 las noticias de delitos alcanzaron el número de 191.755.[3]
Algunos
funcionarios han preferido ver en el aumento de los registros de
delitos, en lugar del incremento de la criminalidad un
acrecentamiento de la confianza que la población deposita en las
fuerzas policiales. Otros, en cambio, han sostenido que el aumento
de la desocupación no se refleja de manera automática en un
crecimiento del delito, pero si aquella se mantiene durante uno o
dos años, los índices de delito crecerán.[4]
Sea
cual fuere la opinión que se tenga, lo cierto es que las
incontrastables cifras actuales denotan que estamos en presencia de
un aumento del índice delictivo y del índice de desempleo,
circunstancia que lleva a reflexionar acerca de la vinculación
entre ambos. Más allá de ciertos elementos criminógenos
distintos, la existencia de una amplia franja de la población que
se encuentre carente de la posibilidad de obtener un ingreso fijo y
digno, aumenta la posibilidad de que un número de individuos de los
que conforman esa franja pueda inclinarse hacia el camino ilegal de
la obtención de ciertos beneficios.
Se
ha referido también a la correlación entre la distribución del
ingreso y la cantidad de delitos, de manera que el empeoramiento en
la distribución del ingreso incide también en el aumento del índice
delictivo.
Deberá
analizarse, en este orden, si el aumento de la desocupación
entendido como elemento criminógeno incide sobre toda clase de
delitos o si fundamentalmente lo hace sobre los delitos contra la
propiedad, aunque debería entenderse que las consecuencias que el
desempleo puede llegar a producir en un individuo resultan tan
nefastas que lo condicionan negativamente para desarrollar su vida
en sociedad, pudiendo entonces llegar a atentar con su conducta
contra todo tipo de bienes jurídicos. Como se verá más adelante
el desempleo lleva ínsita la pérdida de la estima personal y de la
razón de ser del individuo, llegando a pensar que carece de
utilidad. Esas sensaciones pueden influir en las personas tan
negativamente que pueden dar lugar a conductas claramente
antisociales.
Las
consecuencias directas del desempleo y las otras
Dentro
del grupo de sujetos desempleados se suele hacer la diferenciación
entre demandantes y no demandantes, distinguiendo así a quienes
tienen una actitud de búsqueda de trabajo de quienes no la tienen.
De allí se puede obtener una primera impresión: en algunos
individuos el desempleo genera desgano y lleva a la pérdida de la
voluntad hasta para querer salir de esa situación.
Pero
ello no es sólo lo que se puede resaltar. Los individuos que se
encuentran desempleados están inmersos en un ocio forzado, al que
no accedieron por decisión propia. Su vida está vacía y su tiempo
está vacío. No hay obligaciones laborales prefijadas, ni
responsabilidad laboral, ni actividad productiva y consecuentemente
no hay satisfacción.
Este
marco va señalando la situación en la que se encuentra el sujeto y
en aquellos individuos que poseen sus valores éticos y morales
menos arraigados pueden llegar a darse la tentación de incursionar
en el camino del delito. Aquí se evidencia la importancia de la
instrucción y de las enseñanzas familiares, aunque en gran número
de ocasiones el grupo social o el núcleo familiar se encuentra en
idéntica situación, con lo cual, más que un apoyo para el
individuo constituye un grupo de riesgo para la sociedad toda.
Así,
algunos individuos se inclinan por mayor esfuerzo en la búsqueda de
tareas remunerativas, otros despiertan su ingenio para obtener, lícitamente,
ingresos, mientras que otros presentan cuadros depresivos y otros se
inclinan por las adicciones o las conductas desviadas. Lo cierto es
que en la mayoría de los casos estamos en presencia de un sistema
recurrente, de un circulo vicioso del cual el individuo no puede
salir fácilmente.
Aquí
debe destacarse la incidencia que produce en ciertos sectores de la
población los modelos que los medios de comunicación destilan
hacia sus seguidores. En ellos, en una importante generalidad, se
inculca la conducta del facilísimo, la ausencia de valores y del
esfuerzo y se hace creer que obtener una posición económica
solvente se consigue fácilmente. Se exagera la facilidad de obtener
sin sacrificio un bienestar y se enseña que el beneficio económico
es el máximo objetivo al que se puede perseguir, pero que para ello
no resulta necesario ni el esfuerzo, ni la preparación, ni el
estudio. Este ejemplo de la sociedad del “toma
lo que quieras”
y del acceso fácil a los objetivos ha llevado a que los individuos
fácilmente influenciables entiendan que lo que deben hacer para
lograr lo que quieren es muy sencillo y les hace creer que tienen
derecho a tomar lo que desean, sin importar a quien pertenezca y si
les corresponde.
En
este sentido resulta evidente la respuesta de algunos jóvenes que
sometidos a procesos penales se justifican en la necesidad
que tenían de obtener determinado elemento o en el escaso perjuicio
que, a su criterio, le ocasionaron a su titular al sacarle lo que le
sobraba. Como héroes de un cuento de otros tiempos relatan que “yo
le saco al que más tiene, al que no necesita”.
Esto lleva a la justificación de la conducta delictiva, no como una
causa que excluye la antijuridicidad del accionar, sino como la
respuesta que el infractor entiende que debe aceptar la sociedad
ante la desigualdad entre excesos y carencias.
El
desempleo como factor criminógeno
Si
bien, y tal como se vio desde el inicio, se encuentra controvertido
por los analistas que la desocupación o la pobreza actúen como
agentes etiológicos de la delincuencia, parece que la realidad
demuestra que efectivamente la respuesta a ese interrogante es
afirmativa.
Franz
Exner sostenía que “la
influencia de los estados y sucesos económicos sobre la
criminalidad ha sido por parte de la ciencia, unas veces
sobrevalorada y otras despreciada”.
Ya desde los inicios del siglo XX quienes contradecían esta postura
estaban de acuerdo en señalar que, cuanto menos, la situación económica
es uno de los móviles más importantes, el más variable, el más
subordinado a oscilaciones y el que actúa en forma más aparente y
súbita sobre la evolución de todos los fenómenos que se le
relacionan”[5].
Ciertamente
que ante las carencias los individuos responden de las más diversas
formas y que la desocupación es una de las más preocupantes
carencias de todo ser humano, porque representa la ausencia
involuntaria de una razón de ser y de una utilidad, lo que
transporta a la creencia de la falta de sentido de la vida cotidiana
y afecta su dignidad como persona. El apremio económico,
consecuencia ineluctable de la desocupación, lleva al hambre y a la
necesidad y puede ejercer una acción perniciosa sobre el individuo,
tanto para su salud orgánica como moral. Esta acción se ve mucho más
patente en los casos de los infantes o adolescentes que se
desarrollan en un ambiente perturbado.
Así
se llega a los denominados delincuentes de origen social, los cuales
se ven condicionados por las causas sociales que influyen preponderantemente en la provocación de los actos
delictivos. Entonces se producen estímulos que llevan a estos
sujetos a desembocar en el delito, llevándolos a desviar sus
conductas de las reglas elementales de las leyes y convivencia en
sociedad.
La
desocupación desemboca en la falta de ingresos y ésta en la
carencia de satisfacción de las necesidades básicas. Esto
repercute negativamente en el medio ambiente en el cual se
desarrolla el individuo, atribuyéndosele a las causas ambientales y
sociales una acción delictógena. La naturaleza nociva de las
condiciones inherentes al trabajo resultan ser uno de los
principales factores vinculados con estas situaciones adversas.
De
esta forma se evidencia la existencia de la desocupación y su
consecuente pobreza como una situación pre-delictiva que reconoce
una raíz social indudable y que, de acuerdo a su extensión y
profundidad puede significar un indicador legítimo de descomposición
social. Como se ve, la explicación del delito obliga a transitar el
origen social en el cual aparecen diferentes pautas de conducta
colectivas, lo que relaciona a todos sus antecedentes y sus
consecuencias en virtud de su raigambre social. Las carencias de los
grupos sociales postergados en la distribución de los bienes, en
los ingresos adecuados o suficientes, en la educación y también en
la posibilidad de obtener un empleo que le permita satisfacer sus
necesidades básicas y una vida digna se muestran como nítidas
causas de conductas delictivas.
Como
señala Nils Christie[6]
quienes no tienen nada conforman, junto con quienes todo lo tienen
los grupos más difíciles de gobernar. Esto es así por cuanto el
que carece de todo resulta ser un accionista
de la nada que, nada tiene para perder. No tiene propiedades y
en muchos casos no tiene un entorno social y en otros casos aún
tampoco tiene un honor para perder, porque ya lo ha perdido todo.
Cabe preguntarse entonces, qué conducta es la que se le puede
exigir a este individuo.
En
esta misma dirección Jock Young señalaba que “para
reducir la delincuencia deberíamos reducir la privación relativa
garantizando que se ofrezcan buenos trabajos con salarios justos,
viviendas decentes de las que la gente pueda estar orgullosa e
instalaciones recreativas para todos y también insistiendo en que
la vigilancia se mantenga dentro del marco de la ley”[7].
Es
que la escalada delictiva no puede disociarse del contexto cultural
en el cual se gesta, pues se encuentra emparentada con los modelos
político, social y económico imperantes.
Wesley
Skogan estableció que en los Estados Unidos el determinante más
poderoso del desorden social en los barrios pobres es la miseria
debida a la subocupación crónica (resultante entre el desorden público
y el índice de desocupación)[8].
En ese país cuarenta y cinco millones de norteamericanos carecen de
cobertura médica, treinta millones padecen hambre y desnutrición
crónicas y siete millones viven en la calle o carecen de un
alojamiento adecuado. Según informes del gobierno
norteamericano en las cárceles de ese país seis de cada
diez detenidos son negros o latinos; menos de la mitad tenían un
empleo de tiempo completo en el momento de su encarcelamiento y dos
tercios de los internos provienen de hogares que cuentan con un
ingreso inferior a la mitad del umbral de pobreza.
Según
datos estadísticos en Francia, en 1998, entre la tercera parte y la
mitad de los detenidos carecían de empleo al momento de su detención.
En Inglaterra el 83% de los detenidos es de origen obrero y más de
un tercio carecía de trabajo en el momento de su detención.
Los
elementos marginados del mercado laboral se constituyen de esta
forma en clases peligrosas que deben ser controladas
concienzudamente. En ese contexto, están conformados por los jóvenes
y los inmigrantes ilegales, a quienes se les ofrece la disyuntiva de
la inserción en un mercado laboral de empleos inseguros o el camino
del delito. De tal manera que el deterioro en el mercado laboral
incide también en el aumento de la delincuencia y de la cantidad de
detenidos.
Wacquand
dice que el hecho de carecer de trabajo no sólo aumenta en casi
todas partes la probabilidad de sufrir una detención preventiva y
de mayor duración, sino que además, un condenado sin empleo es
puesto entre rejas con mayor frecuencia que el resto. En idéntico
modo, la ausencia o la debilidad de la inserción profesional del
detenido incrementa la duración efectiva del encarcelamiento al
menguar sus posibilidades de beneficiarse con una reducción de pena
o una libertad condicional o anticipada [9].
De la misma forma la ausencia de ingresos, producto del desempleo,
afecta la posibilidad de hacer frente a la eventualidad de recuperar
la libertad ambulatoria ante la fijación de una caución real. Lo
mismo sucede con la imposibilidad de generar ingresos mientras dure
la detención.
De
tal manera que no puede separarse la política criminal de la
situación social o laboral, debiéndose reconocer que entre ellas
existe una conexidad en sus transformaciones.
Las
consecuencias del delito en la desocupación
Una
visión inversa
Como
una imagen que se refleja de modo inverso a lo que vinimos viendo,
la incursión en el delito actúa negativamente para la obtención
de un empleo posterior y, en un importante número de individuos, la
presencia de antecedentes penales incide negativamente en la
posibilidad de obtener un empleo.
De
tal manera que la desocupación resulta ser, en forma general un
elemento etiológico del delito y desde otra óptica, el delito
también incide, aunque en el caso en particular, en la desocupación.
Se
advierte entonces que la circulación de los antecedentes delictivos
atenta contra la posibilidad de la reinserción laboral, toda vez
que son generalmente considerados por los empleadores para descartar
a los aspirantes que registran sanciones penales, no obstante la
ausencia de corroboración de sus datos o de que se encuentren
extinguidos. La circulación de estos antecedentes coloca al
individuo en una situación de inferioridad de condiciones y puede
redundar también en
forma negativa en sus familiares, amigos o allegados. ¿Quién puede
asegurar que va a emplear a un ex-convicto, sin reparos? Parecería
que la pena impuesta, condena también a un obligado trabajo sin
relación de dependencia. No obstante, no es tarea sencilla la de
determinar la forma en que los empleadores deban valorar los
registros condenatorios de los postulantes y, si tales
circunstancias, deben ser consideradas como pautas para el rechazo
automático de la solicitud, o como una marca que el individuo lleva
y no puede ser desatendida.
Sostiene
Wacquand que la denominada hipertrofia carcelaria constituye un
mecanismo que mejora la imagen de la situación del empleo al
recortar la oferta de trabajo, pero al poco tiempo transforma a
millares de personas en seres inempleables [10].
El encarcelamiento redujo el índice de desempleo pero su
mantenimiento en un bajo nivel dependerá de la expansión
interrumpida del sistema penal. Consecuentemente, un efecto en el
mercado laboral constituye el aceleramiento del trabajo de miseria y
de la economía informal, produciendo incesantemente mano de obra
sometida a su voluntad, toda vez que el ex detenido no puede
pretender otra cosa que un empleo degradado y degradante a causa de
su infamante status judicial.
Aquellos
individuos que se encuentran privados de su libertad, padecen también
otras privaciones que resultan ser tan o más traumáticas. En
efecto, quienes están detenidos no se encuentran en condiciones de
obtener ingresos, de manera tal que el tiempo en detención se
constituye en un tiempo muerto en el cual la persona no puede
prepararse económicamente para afrontar su vida al momento de
recuperar la libertad. Incluso muchos de ellos no pueden contar con
una familia que le sirva de contención para respaldarse ante esa
situación, sino que son familias que se veían solventadas por los
ingresos ilegítimos que generaban quienes ahora se encuentran
privados de su libertad. La falta de dinero no sólo impide mantener
a su familia, prepararse para recuperar la libertad y tener una vida
decente, sino que en otros tantos casos no permite hacer frente a
una fianza asegurativa que los autorice a salir en libertad.
Actualmente son muchos los casos de individuos que no logran juntar
el dinero para hacer frente a sus cauciones.
También
se ven casos de personas que, ante esa imposibilidad, aceptan los “préstamos”
de otros internos que, serán devueltos a través de “favores”
al momento de estar en libertad o con la participación en “trabajos”
que proyectan al estar encerrados.
Todo
ello, indudablemente afecta al individuo y lo predispone
negativamente para buscar y obtener un empleo. El individuo que
estuvo detenido, además de haber quedado estigmatizado para la
sociedad como tal y como un sujeto “no
recomendado”,
ha ingresado en un círculo o ambiente carcelario que lo separa de
la constricción al trabajo y lo lleva por otros caminos.
De
esta forma queda claro que el delito anterior incide negativamente
en la posibilidad de obtener un empleo.
A
lo largo de las ideas transcriptas ha quedado en claro que la
desocupación es un elemento etiológico del delito. Seguramente no
es el único elemento que incide en la actividad criminal y puede
que no sea el elemento determinante de la inclinación hacia la
conducta disvaliosa. No podemos olvidar la necesaria injerencia que
debe tener en un individuo la instrucción y la transmisión de los
valores morales y éticos elementales que se obtienen en el ámbito
del núcleo familiar, pero tampoco podemos desconocer que la falta
de empleo es una condición degradante de la persona y constituye
una condición social perniciosa para aquellas personas que
han hecho propias las enseñanzas facilistas que la misma
sociedad les inculca.
De
todas formas, la discusión acerca de si el desempleo constituye o
no un factor criminógeno termina por ser nimia ante la evidente
necesidad de una estrategia preventiva que, sobre la base de una
correcta evaluación de todos los factores incidentes, debe
desarrollarse contra el aumento del delito. Esa es, por cierto, la
única solución real.
*
Defensor Público Oficial ante los Jueces y Cámara de Apelaciones
en lo Criminal de Instrucción N° 16, de Capital Federal.
[1]
Wacquand, Loic “Las cárceles de la miseria”. Ed. Manantial, pág.11. Buenos
Aires 2000.
[2]
Medición de mediados de 2002 del Instituto Nacional de
Estadísticas y Censos.
[3]
Según estadísticas del Ministerio de Justicia y
Derechos Humanos de la Nación.
[4]
Ejemplar del Diario La Nación del 24 de julio de 2000.
[5]
J Van Kan “Las causas económicas de la criminalidad”
[6]
Nils Christie “La industria del control del delito”
Ed. Del puerto 1993.
[7]
JockYoung. “El realismo y las prioridades en el control
del crimen” 1989.
[8]
Wesley Skogan “Desorden
Crimen y Negación: el espiral de la decadencia urbana”
1999.
[9]
Loic Wacquand op. cit.
[10]
Loic Wacquand op. cit.
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