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«Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre
muy rico llamado Zaqueo, era jefe de los publicanos. El quería ver quién
era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja
estatura.
Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque
iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y
le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».
Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría Al ver esto, todos
murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador». Pero
Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis
bienes a los
pobres, y si he perjudicado a
alguien, le daré cuatro veces más». Y Jesús le dijo: Hoy ha llegado la
salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham,
porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
(Del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 19,1-10)
Quizás como pocas veces en nuestra historia, esta sociedad malherida
aguarda una nueva llegada del
Señor. Aguarda la entrada sanadora y reconciliante de Aquél que es
Camino, Verdad y Vida. Tenemos razones para esperar. No olvidamos que su
paso y su presencia salvífica han sido una constante en nuestra
historia. Descubrimos la maravillosa huella de su obra creadora en una
naturaleza de riqueza incomparable. La generosidad divina también se ha
reflejado en el testimonio de vida de entrega y sacrificio de nuestros
padres y próceres, del mismo modo que en millones de rostros humildes y
creyentes, hermanos nuestros, protagonistas anónimos del trabajo y las
luchas heroicas, encarnación de la silenciosa epopeya del Espíritu que
funda pueblos.
Sin embargo, vivimos muy
lejos de la gratitud que merecería tanto don recibido. ¿Qué impide ver
esta llegada del Señor? ¿Qué torna imposible el «gustar y ver qué
bueno es el Señor» (Sal. 34,9) ante tanta prodigalidad en la tierra y en
los hombres? ¿Qué traba las posibilidades de aprovechar en nuestra Nación,
el encuentro pleno entre el Señor, sus dones, y nosotros?
Como en la Jerusalén de entonces, cuando Jesús atravesaba la ciudad y
aquel hombre llamado Zaqueo no lograba verlo entre tanta muchedumbre, algo
nos impide ver y sentir su presencia. En la escena evangélica se nos da
la clave en términos de altura y de abajamiento. De altura, porque Zaqueo
se deja ganar el corazón por el deseo de ver a Jesús y, como era pequeño
de estatura, se adelanta y trepa a un sicómoro. Ningún talento, ninguna
riqueza puede reemplazar una chatura moral o -en todo caso, si el problema
no es moral- no hay salida para una mirada baja, sin esperanza, resignada
a sus límites, carente de creatividad. En esta tierra bendita, nuestras
culpas parecen haber achatado nuestras miradas. Un triste pacto interior
se ha fraguado en el corazón de muchos de los destinados a defender
nuestros intereses, con consecuencias estremecedoras: la culpa de sus
trampas acucia con su herida y, en vez de pedir la cura, persisten y se
refugian en la acumulación de poder, en el reforzamiento de los hilos de
una telaraña que impide ver la realidad cada vez más dolorosa. Así el
sufrimiento ajeno y la destrucción que provocan tales juegos de los
adictos al poder y a las riquezas, resultan para ellos mismos apenas
piezas de un tablero, números, estadísticas y variables de una oficina
de planeamiento. A medida que tal destrucción crece, se buscan argumentos
para justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida
frase «no queda otra salida», pretexto que sirve para narcotizar sus
conciencias. Tal chatura espiritual y ética no sobreviviría sin el
refuerzo de aquellos que padecen otra vieja enfermedad del corazón: la
incapacidad de sentir culpa. Los ambiciosos escaladores, que tras sus
diplomas internacionales y su lenguaje técnico, por lo demás tan
fácilmente intercambiable, disfrazan sus saberes precarios y su casi
inexistente
humanidad.
Como a Zaqueo puede hacérsenos consciente nuestra dificultad para vivir
con
altura espiritual: sentir el peso del tiempo malgastado, de las
oportunidades perdidas, y surgirnos dentro un rechazo a esa impotencia de
llevar adelante nuestro destino, encerrados en nuestras propias
contradicciones. Ciertamente, es habitual que, frente a la impotencia y
los límites, nos inclinemos a la fácil respuesta de delegar en otros
toda la
representatividad e interés por nosotros mismos. Como si el bien común
fuera una ciencia ajena, como si la política -a su vez- no fuera una alta
y delicada forma de ejercer la justicia y la caridad. Cortedad de miras
para ver el paso de Dios entre nosotros, para sentirnos gratificados y
dignos de tantos dones, y no tener escrúpulos en hacerlos valer sin
renunciar a nuestra histórica vocación de apertura no invasiva a otros
pueblos
hermanos.
Como nosotros también Zaqueo sufría esa cortedad de miras. Sin embargo
sucede el milagro: el personaje evangélico se eleva sobre su mediocridad
y encuentra la altura donde subirse. Porque del dolor y de los límites
propios es de donde mejor se aprende a crecer y de nuestros mismos males
es desde donde nos surge una honda pregunta: ¿Hemos vivido suficiente
dolor para decidirnos a romper viejos esquemas, renunciar a actitudes
necias tan arraigadas y dar rienda suelta a nuestras verdaderas
potencialidades? ¿No estamos ante la oportunidad histórica de revisar
antiguos y arraigados males que nunca terminamos de plantear, y trabajar
juntos? ¿Hace falta que más sangre corra al río, para que nuestro
orgullo herido y fracasado reconozca su derrota?
Zaqueo no optó por la resignación frente a sus dificultades, no cedió
su oportunidad a la impotencia, se adelantó, buscó la altura desde donde
ver mejor, y se dejó mirar por el Señor. Sí, dejarse mirar por el Señor,
dejarse impactar por el dolor propio y el de los demás; dejar que el
fracaso y la pobreza nos quiten los prejuicios, los ideologismos, las
modas que insensibilizan, y que -de ese modo- podamos sentir el llamado:
«Zaqueo
baja pronto». Esta es la segunda clave de este pasaje evangélico: Zaqueo
responde
a un Jesús que lo llama a abajarse. Bajarse de sus autosuficiencias,
bajarse del personaje inventado por su riqueza, bajarse de la trampa
montada sobre sus pobres complejos. En efecto, ninguna altura espiritual
ningún proyecto de grandes esperanzas, puede hacerse real si no se
construye y se sostiene desde abajo: desde el abajamiento de los propios
intereses, desde el abajamiento al trabajo paciente y cotidiano que
aniquila toda soberbia.
Hoy como nunca, cuando el peligro de la disolución nacional está a
nuestras puertas, no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que nos
esterilicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas.
Tratemos de ubicarnos allí donde mejor podamos enfrentar la mirada de
Dios en nuestras conciencias,
hermanarnos cara a cara reconociendo nuestros límites y nuestras
posibilidades. No retornemos a la soberbia de la división centenaria
entre los intereses centralistas, que viven de la especulación monetaria
y financiera, como antes del puerto, y la necesidad imperiosa del estímulo
y promoción de un interior condenado ahora a la «curiosidad turística».
Que tampoco nos empuje la soberbia del internismo faccioso, el
más cruel de los deportes nacionales, en el cual, en vez de enriquecernos
con la confrontación de las diferencias, la regla de oro consiste en
destruir implacablemente hasta lo mejor de las propuestas y logros de los
oponentes. Que no nos corten caminos las calculadoras intransigencias (en
nombre de coherencias que no son tales). Que no sigamos revolcándonos en
el triste espectáculo de quienes ya no saben cómo mentir y contradecirse
para mantener sus privilegios, su rapacidad y sus cuotas de ganancia mal
habidas, mientras perdemos
nuestras oportunidades históricas, y nos encerramos en
un callejón sin salida. Como Zaqueo hay que animarse a sentir el llamado
a bajar: bajar al trabajo paciente y constante, sin pretensiones posesivas
sino con la urgencia de la solidaridad.
Hemos vivido mucho de ficciones, creyendo estar en los primeros mundos,
nos atrajo «el becerro de
oro» de la estabilidad consumista y viajera de algunos, a costa del
empobrecimiento de millones. Cuando oscuras complicidades de dentro y
fuera, se convierten en coartadas de actitudes irresponsables que no
vacilan en llevar las cosas al límite sin reparar en daños: negocios
sospechosos, lavados que eluden obligaciones, compromisos sectoriales y
partidarios que impiden una acción soberana, operativos de
desinformación que confunden, desestabilizan y presionan hacia el caos;
cuando sucede esto de poco nos sirve la tentación ilusoria de exigir
chivos expiatorios en aras del supuesto surgimiento de una clase mejor,
pura y mágica... Sería subirse a otra ilusión. Debemos reconocer con
dolor que, entre los propios y los opuestos hay muchos Zaqueos, con
distintos títulos y funciones; Zaqueos que intercambian papeles en un
escenario de avaricia casi autoritaria, a veces con disfraces legítimos.
Lo mejor es dejar que el Zaqueo que hay dentro de cada uno de nosotros se
deje mirar por el Señor, y acepte la invitación a bajar. Este llamado
del Evangelio es memoria y camino de esperanza. Aquel que busca y se deja
alcanzar por lo sublime da lugar a una alegría nueva, a una posibilidad
de redención. Y Zaqueo se redime, accede alegre a la invitación del único
que nos puede reconciliar, Dios mismo. Accede a sentarse a la mesa de
todos, a la de la amistad social. Nadie le pidió a aquel publicano que
fuera lo que no podía ser, sino que simplemente se bajara del árbol. Se
le pide que se avenga a la ley de ser uno más, de ser hermano y
compatriota, que cumpla la ley.
Esto hay que lograr: hacer cumplir la ley, que nuestro sistema funcione,
que el banquete al que se nos convoca en el Evangelio sea ese lugar de
encuentro y convivencia, de trabajo y celebración que queremos, y no «un
café al paso» para los intereses «golondrina» del mundo; esos que
llegan, extraen y parten. La ley es la condición infranqueable de la
justicia, de la solidaridad y de la política, y ella nos cuida, al bajar
del árbol, de no caer en la tentación de la violencia, del caos, del
revanchismo. Asumamos el dolor de tanta sangre vertida inútilmente en
nuestra historia. Abramos
los ojos a tiempo: una sorda guerra se está librando en nuestras calles,
la peor de todas, la de los enemigos que conviven y no se ven entre sí,
pues sus intereses se entrecruzan manejados por sórdidas organizaciones
delincuenciales y sólo Dios sabe qué más, aprovechando el desamparo
social, la decadencia de la autoridad, el vacío legal y la impunidad.
No es el momento de tener miedo y vergüenza de nosotros mismos, todos
somos un poco Zaqueo, y todos tenemos enormes talentos y valores. Miramos
con nostalgia las riquezas naturales, la brillantez de tantos compatriotas
dispersos, la silenciosa e increíble
resistencia de un pueblo humilde que defiende sus reservas y se niega a
ceder su fe y sus convicciones, que lucha contra el desgaste. Ahora o
nunca, busquemos la refundación de nuestro vínculo social, como tantas
veces lo reclamamos con toda la sociedad y, como este publicano
arrepentido y feliz, demos rienda suelta a nuestra
grandeza: la grandeza de dar y darnos. La gran exigencia es la renuncia a
querer tener toda la razón;
a mantener las privilegios; a la vida y la renta fácil,...a seguir siendo
necios, enanos en el espíritu. Como en el llamado evangélico, en
numerosas oportunidades nos hemos dejado visitar por Dios. Allí lo grande
y sublime ha surgido de nosotros. Hay en toda la sociedad un anhelo ya
propuesto, insoslayable, de participar y controlar su propia representación,
como aquel día que hoy rememoramos en que la comuna se constituyó en
Cabildo.
Además del subirse para ver
a Jesús y abajarse luego para seguir su invitación hay una tercera clave
en el texto evangélico: el dar, el darse reparando el mal cometido.
Zaqueo se anima a devolver lo mal habido y a compartir. Como el Zaqueo
convertido, este pueblo siente el deseo de «dar la mitad» y «devolver
el cuádruplo». Quiere rescatar del fondo de su alma el trabajo y la
solidaridad generosa, la lucha igualitaria y la conquista
social, la creatividad y la
celebración, Sabemos bien que este pueblo podrá aceptar humillaciones,
pero no la mentira de ser juzgado culpable por no reconocer la exclusión
de veinte millones de hermanos con hambre y con la dignidad pisoteada. Si
Zaqueo, antes de dejarse mirar por Jesús, ideaba la forma de que sus
deudores se hundieran cada vez más, no podía entonces reclamar supuestas
obligaciones éticas ni castigos ejemplares. Una vez convertido debe
reconocer su estafa usurera, y devolver lo que robó. Contemplemos el
final de la historia: Un Zaqueo avenido a la ley, viviendo
sin complejos ni disfraces
junto a sus hermanos, viviendo sentado junto al Señor, deja fluir
confiado y perseverante sus iniciativas, capaz de escuchar y
dialogar, y sobre todo de ceder y compartir con alegría de ser.
La historia nos dice que muchos pueblos se levantaron de sus ruinas y
abandonaron sus ruindades como Zaqueo. Hay que dar lugar al tiempo y a la
constancia organizativa y creadora, apelar menos al reclamo, estéril, a
las ilusiones y promesas, y dedicarnos a la acción firme y perseverante.
Por este camino florece la esperanza, esa esperanza que no defrauda porque
es regalo de Dios al corazón de nuestro pueblo. Hoy, más que nunca, nos
convoca la esperanza. Ella nos inspira y da fuerzas para levantarnos y
dejarnos mirar por Dios, abajarnos en la humildad del servicio, y dar dándonos
a nosotros mismos. Por momentos soñamos una convocatoria, la esperamos mágica
y encantadoramente. El camino es más sencillo: sólo debemos volver al
Evangelio, dejarnos mirar como Zaqueo, escuchar el llamado a la tarea común,
no disfrazar nuestros límites sino aceptar la alegría de compartir,
antes que la inquietud del acaparar. Y entonces sí que escucharemos,
dirigida a nuestra Patria, la palabra del Señor: «Hoy ha llegado la
salvación a esta casa, porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar
lo que estaba perdido»
Buenos Aires, 25 de mayo de
2002.
Card. Jorge Mario Bergoglio,
sj., arzobispo de Buenos Aires.
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