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–¿Se acuerda de mí? –preguntó, sin acercarse. Había
algo en la voz, algo vagamente familiar, nocturno y momentáneo,
pero no, no me acordaba de él.
–Soy “El Bufón” –me dijo.
Inmediatamente lo recordé. Siete años atrás, en la esquina
de Constitución y Jujuy, al lado de la autopista, o en la de
24 de Noviembre y Rivadavia, había un chiquito llamado Omar
que pedía limosna de noche. Mientras esperaba que el semáforo
se pusiera en rojo, y los automóviles se detuvieran, hacía
piruetas cabeza abajo apoyando las plantas de los pies contra
la pared. Yo pasaba por una o por la otra esquina casi
siempre, y a fuerza de verlo y de hablar con él, lo apodé
“El Bufón”, por las contorsiones, palabra que a él le
causaba gracia y por eso la repetía, riéndose con sus
dientes blancos. “¿Cómo le va, señor Bufón?”, solía
saludarlo; le daba unas monedas y en segundos le contaba
alguna miscelánea de un heroico espadachín arcaico que
terminamos por inventar, al que llamábamos “El Bufón”. O
sea que el niño tenía un personaje propio, que por añadidura
era él.
De manera que ese muchacho no tenía 25 años,
como había pensado, sino 17, 18 a lo sumo, porque por
entonces recién había cumplido los 10. Traté de acordarme
de la fisonomía de “El Bufón”: era un pibe flaquito,
“explosivo” (como se suele decir de algunos delanteros),
con el semblante despejado y crédulo. Algo en la frente se le
había ido hacia delante, lo que le daba al rostro con
cicatrices una expresión de saña. Acaso por eso pensé en el
Judas de La última cena, el fresco de Leonardo Da Vinci que
está en Milán, en el refectorio del monasterio de Santa
Maria delle Grazie, y recordé una historia que tiene
diferentes versiones.
Da Vinci tardó siete años en completar
el mural, desde 1491, cuando tomó sus primeros apuntes, hasta
1497; la escena está centrada en el momento en que Cristo
denuncia la traición de uno de sus discípulos. Ante su
palabra, cada uno de ellos reacciona de un modo diferente, lo
que le permitió al pintor componer con óleo sobre yeso seco
un estudio completo del alma humana: la ira, el estupor, la
sospecha, el titubeo, la caída. Judas está en mitad de la
mesa, sin hablar con nadie.
–Ahora ando sin trabajo –avisó
Omar–. Ya ni busco. Esos que viven “arriba” te piden
estudios para laburar. Para colmo, en el Agote me contagié el
sida, jugando a la “ruleta rusa”, que es tener relaciones
con uno que a lo mejor está infectado. En una celda con dos
camas, dormimos 3 o 4 –agregó, para que yo entrara en
razones. Me pasó por la cabeza el verso de Quevedo: “Huyó
lo que era firme, y solamente / lo fugitivo permanece y
dura”.
Omar dejó las esquinas porque la policía
lo detenía por vagancia. Después lo derivaban a
instituciones vinculadas con el Consejo Nacional del Menor y
la Familia, a las que entraba y de las que se escapaba para
volver a ingresar. Pasó por hogares para chicos, comunidades
terapéuticas, clínicas neuropsiquiátricas y unidades de
reclusión. “Una clase de computación por semana, otra de
cerámica, 45 minutos diarios de escuela, nada de
electricidad, nada de carpintería, ¿cómo iba a tener
oficio?”, expuso Omar. “Después, empecé a salir con el
`amansa locos’, con el `fierro’. Con eso en la mano no le
tenés miedo a nadie.”
Según una de las versiones acerca del
proceso artístico de La última cena, Leonardo comenzó con
Cristo, y tomó como modelo a un joven que cantaba en un coro,
en cuyo rostro de trazos sosegados y absueltos, alejado de los
rasgos que imprime la vida intranquila del pecado, creyó ver
reflejado el Bien. Por seis meses, se dedicó a la figura
principal, a la que sentó en mitad de la mesa, ungido por la
luz que entra de la puerta posterior. La profundidad de la
sala, la división de la pared con tapices,la vertical
repetida, todo está dirigido a glorificar a Dios y a mostrar
la plasticidad de los cuerpos de los apóstoles, que se
dividen en dos grupos, a izquierda y derecha del Maestro.
Judas está a su derecha; es el único sentado por completo
contra la luz, razón por la cual su rostro está oscuro. Fue
el último en ser pintado, porque Leonardo no daba con el
hombre que estaba buscando, con una cara áspera, marcada, la
de alguien capaz de todo.
El cuadro quedó inconcluso, hasta que le
hablaron de un preso detenido en Roma. Da Vinci viajó, y
trajeron ante su presencia a la traición misma, un hombre
moreno de cabellos sucios que enmarcaban la fisonomía de un
completo ruin. El artista se dio cuenta de que había
encontrado el Mal. Con permiso especial del rey, el prisionero
fue llevado a Milán, donde por el curso de otros seis meses
Leonardo lo pintó. Cuando ya estaba dando las últimas
pinceladas, dijo a los guardias: “Esto es todo. Pueden
llevar al reo de regreso a Roma”. En ese momento, el hombre
dijo a Da Vinci: “¡Mírame, maestro! ¿Acaso no sabes quién
soy?”. “Nunca te vi hasta que te encontré en esa cárcel
romana.” “¡Leonardo Da Vinci, mírame otra vez, porque
soy el mismo hombre al que pintaste hace años como modelo de
Cristo!” Se cuenta que Leonardo obtuvo que lo liberaran.
–Los bolivianos nos robaron el laburo
–ensaya Omar. Se tendrían que ir a su país y listo;
trabajan por un kilo de bananas por día, por 5 pesos. Hoy, ni
“cortar” una moto puedo. Hay que andar bien vestido, para
que la “gorra” no se “aligere”. Siempre trataba de no
matar. Si el tipo te saca un “chumbo”, ahí sí le das,
porque sos vos o él. Pero si no, le tirás a las piernas, que
es “lesiones”. Y sonrió, como con petulancia profesional.
Entonces, por debajo de la máscara
animada de Oscar asomó “El Bufón”, como lo veía cada
noche, invariablemente en una u otra esquina, antes de que
empezara el futuro, cuando nada había sucedido todavía, y
todo parecía firme y duradero.
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Abogado Constitucionalista, ex Síndico General de la Nación
(SIGEN) durante el gobierno de De la Rúa. |