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El escándalo de las coimas en el
Senado de Argentina muestra que la burocracia parece haber doblegado definitivamente a la
sociedad civil. Sus aliados fueron los monopolios y el hedonismo posmoderno. |
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Creo que la inmovilidad general
frente al escándalo de las coimas masivas en el Senado obedece más al estupor que a la
falta de indignación.
Pero a no sorprenderse: ésta es
tan solo otra de las múltiples batallas que día a día la burocracia viene ganando
contra la sociedad civil.
Los países democráticos fueron
pensados de otra manera: los gobiernos están al servicio del pueblo.
En esos países, es la sociedad
civil la que produce, trabaja, cría hijos, los educa, progresa, construye caminos,
siembra los campos, fabrica juguetes y automóviles, o los importa, atiende los problemas
de salud, instala parques de diversiones y filma películas de cine.
Los gobernantes, en esos países,
tienen por única finalidad y propósito mantener un entorno legal ordenado para que la
sociedad civil pueda hacer en paz. Sólo se dedica a las cosas que la sociedad civil no
puede hacer de un modo razonable porque no encontró el camino aún. No se apropia de los
frutos del trabajo de la sociedad civil, sino que recauda lo mínimo indispensable para
asegurar su funcionamiento, su libertad y condiciones de desarrollo razonables
(educación, salud) para quienes no pueden acceder directamente a las mismas.
Más aun: dentro de poco los
políticos dejarán incluso de tener a su cargo estas tareas solidarias, porque la
sociedad civil está aprendiendo a llevarlas a cabo mejor que el gobierno, a través de lo
que hoy se denomina el "tercer sector".
En esos países, los gobernantes
son servidores públicos, con muchas obligaciones y muy poquitos derechos, al
extremo de que el cargo que ocupan los priva incluso de algunos tan elementales como la
privacidad.
En los Estados Unidos, por más que
un presidente demuestre ser el mejor del siglo tendrá que soportar la ordalía judicial y
mediática si mintió en un tema tan íntimo y trivial como un eventual affaire
extramatrimonial. En Gran Bretaña, el hijo del primer ministro puede ir preso si bebió
en exceso. En España, incluso un gobernante capaz de duplicar o triplicar el PBI y
reinstalarla en el mundo moderno puede ser condenado al ostracismo si no logra explicar
desvíos de fondos (cómicos al lado de los que hoy vemos por estas latitudes) atribuídos
a miembros de su administración.
Nada de esto sucede en América
Latina y menos aún en Argentina.
En nuestro país, en lugar de
servidores públicos, tenemos una burocracia informe y expandida, cuya principal finalidad
es preservarse a sí misma. Es una burocracia alimentada por políticos que a su vez se
sostienen en ella. Es un burocracia que acepta sobornos para no hacer lo que debe y,
horror, también los pide para hacer lo que sí debe.
Esa burocracia logró incluso
legalizar su apartamiento de la ley y la moral, estableciendo normas tales que permiten al
Estado, cuando es condenado en un juicio (generalmente tras un largo, caro y penoso
proceso) diferir el cumplimiento de la sentencia para uno ó dos años más adelante, con
pretextos macroeconómicos y presupuestarios realmente estúpidos. Esa burocracia logró
detener el pago de juicios a cientos de miles de jubilados y pensionados, la mayoría de
ellos con más de 70, 80 ó 90 años de edad.
Esa burocracia no está al servicio
de la sociedad, sino que la esclaviza. Es una burocracia capaz de utilizar sus
atribuciones tributarias para investigar y perseguir a quienes se rebelan contra ella, en
lugar de encarcelar a los responsables de evasiones escandalosas y contrabandos a plena
luz del día.
Es la burocracia que no le paga a
Favaloro 20 millones de dólares y lo lleva al suicidio. Y obliga a un decano de la
Facultad de Medicina de la UBA a renunciar ante la imposibilidad de ser siquiera
escuchado.
Para lograr semejante estado de
cosas, la burocracia cuenta con dos aliados:
El primero de ellos son los
monopolios. Pero no cabe hacerles un reproche moral. Son como en el cuento del escorpión
que, montado en un caballo para atravesar un río, lo pica en la mitad del trayecto
incluso a costa de ahogarse él mismo: lo hace porque está en su naturaleza. Pues bien,
está en la naturaleza de los monopolios sacar el máximo provecho, impedir la competencia
y cobrar la tarifa más cara posible. A esos monopolios les viene muy bien el control
burocrático de la sociedad civil, pues, negociando y negociando, lograron cobrar durante
10 años las tarifas telefónicas y eléctricas más caras del mundo occidental.
Generalmente, son los gobiernos quienes se encargan de limitar estos monopolios. Aquí no:
son sus amigos y beneficiarios.
El segundo aliado es la
posmodernidad misma, en la que lo único que importa soy yo, yo, yo y tal vez- mi
familia. Nadie es capaz de sacrificar su comodidad y confort actual por sus semejantes. Al
revés: veamos cómo hacemos para acomodarnos en la burocracia o en los monopolios para
ganar (¿ganar?) cada vez más mientras a nuestro alrededor crece la pobreza, la
desocupación, la miseria, la delincuencia y la inseguridad.
Vamos mal.
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