BUROCRACIA VS. SOCIEDAD CIVIL

Por Félipe Nicolás Yaryura Tobías
23/08/00

El escándalo de las coimas en el Senado de Argentina muestra que la burocracia parece haber doblegado definitivamente a la sociedad civil. Sus aliados fueron los monopolios y el hedonismo posmoderno.

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Creo que la inmovilidad general frente al escándalo de las coimas masivas en el Senado obedece más al estupor que a la falta de indignación.

Pero a no sorprenderse: ésta es tan solo otra de las múltiples batallas que día a día la burocracia viene ganando contra la sociedad civil.

Los países democráticos fueron pensados de otra manera: los gobiernos están al servicio del pueblo.

En esos países, es la sociedad civil la que produce, trabaja, cría hijos, los educa, progresa, construye caminos, siembra los campos, fabrica juguetes y automóviles, o los importa, atiende los problemas de salud, instala parques de diversiones y filma películas de cine.

Los gobernantes, en esos países, tienen por única finalidad y propósito mantener un entorno legal ordenado para que la sociedad civil pueda hacer en paz. Sólo se dedica a las cosas que la sociedad civil no puede hacer de un modo razonable porque no encontró el camino aún. No se apropia de los frutos del trabajo de la sociedad civil, sino que recauda lo mínimo indispensable para asegurar su funcionamiento, su libertad y condiciones de desarrollo razonables (educación, salud) para quienes no pueden acceder directamente a las mismas.

Más aun: dentro de poco los políticos dejarán incluso de tener a su cargo estas tareas solidarias, porque la sociedad civil está aprendiendo a llevarlas a cabo mejor que el gobierno, a través de lo que hoy se denomina el "tercer sector".

En esos países, los gobernantes son servidores públicos, con muchas obligaciones y muy poquitos derechos, al extremo de que el cargo que ocupan los priva incluso de algunos tan elementales como la privacidad.

En los Estados Unidos, por más que un presidente demuestre ser el mejor del siglo tendrá que soportar la ordalía judicial y mediática si mintió en un tema tan íntimo y trivial como un eventual affaire extramatrimonial. En Gran Bretaña, el hijo del primer ministro puede ir preso si bebió en exceso. En España, incluso un gobernante capaz de duplicar o triplicar el PBI y reinstalarla en el mundo moderno puede ser condenado al ostracismo si no logra explicar desvíos de fondos (cómicos al lado de los que hoy vemos por estas latitudes) atribuídos a miembros de su administración.

Nada de esto sucede en América Latina y menos aún en Argentina.

En nuestro país, en lugar de servidores públicos, tenemos una burocracia informe y expandida, cuya principal finalidad es preservarse a sí misma. Es una burocracia alimentada por políticos que a su vez se sostienen en ella. Es un burocracia que acepta sobornos para no hacer lo que debe y, horror, también los pide para hacer lo que sí debe.

Esa burocracia logró incluso legalizar su apartamiento de la ley y la moral, estableciendo normas tales que permiten al Estado, cuando es condenado en un juicio (generalmente tras un largo, caro y penoso proceso) diferir el cumplimiento de la sentencia para uno ó dos años más adelante, con pretextos macroeconómicos y presupuestarios realmente estúpidos. Esa burocracia logró detener el pago de juicios a cientos de miles de jubilados y pensionados, la mayoría de ellos con más de 70, 80 ó 90 años de edad.

Esa burocracia no está al servicio de la sociedad, sino que la esclaviza. Es una burocracia capaz de utilizar sus atribuciones tributarias para investigar y perseguir a quienes se rebelan contra ella, en lugar de encarcelar a los responsables de evasiones escandalosas y contrabandos a plena luz del día.

Es la burocracia que no le paga a Favaloro 20 millones de dólares y lo lleva al suicidio. Y obliga a un decano de la Facultad de Medicina de la UBA a renunciar ante la imposibilidad de ser siquiera escuchado.

Para lograr semejante estado de cosas, la burocracia cuenta con dos aliados:

El primero de ellos son los monopolios. Pero no cabe hacerles un reproche moral. Son como en el cuento del escorpión que, montado en un caballo para atravesar un río, lo pica en la mitad del trayecto incluso a costa de ahogarse él mismo: lo hace porque está en su naturaleza. Pues bien, está en la naturaleza de los monopolios sacar el máximo provecho, impedir la competencia y cobrar la tarifa más cara posible. A esos monopolios les viene muy bien el control burocrático de la sociedad civil, pues, negociando y negociando, lograron cobrar durante 10 años las tarifas telefónicas y eléctricas más caras del mundo occidental. Generalmente, son los gobiernos quienes se encargan de limitar estos monopolios. Aquí no: son sus amigos y beneficiarios.

El segundo aliado es la posmodernidad misma, en la que lo único que importa soy yo, yo, yo y –tal vez- mi familia. Nadie es capaz de sacrificar su comodidad y confort actual por sus semejantes. Al revés: veamos cómo hacemos para acomodarnos en la burocracia o en los monopolios para ganar (¿ganar?) cada vez más mientras a nuestro alrededor crece la pobreza, la desocupación, la miseria, la delincuencia y la inseguridad.

Vamos mal.