UNA BUENA SEÑAL: EL JUEZ FERRER
HA RENUNCIADO

Por Félipe Nicolás Yaryura tobías
27/06/00

El juez que la empresa Torneos y Competencias denunció por extorsión renunció a su cargo. La sociedad ya no acepta la permanencia en su cargo de los magistrados seriamente cuestionados.

+ Opine sobre la nota
+ Recomiende esta nota
Finalmente el juez Ferrer renunció a su cargo.
No podemos sino celebrar esta noticia.
Ciertamente, nadie pretende condenar al renunciante antes de garantizarle con plenitud el ejercicio de su derecho a defenderse y dar las explicaciones del caso.
Pero lo que no podría tolerarse en el actual estado de desprestigio del Poder Judicial es la permanencia en su 
asiento de otro juez al que públicamente se ha imputado la comisión de un delito gravísimo en perjuicio de una empresa sometida a su jurisdicción. Máxime cuando se trata precisamente de la clase de delito que sólo un juez puede cometer: supeditar el tenor de sus resoluciones a la obtención de una suma de dinero.

Se dice que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo.

Los jueces (al igual que los diputados, senadores, funcionarios salientes del Poder Ejecutivo y demás responsables directos del quehacer nacional) deben dar una imagen de absoluta transparencia, acorde a sus responsabilidades e investidura.

Es lo mínimo que pueden hacer en un contexto económico y social deprimido, en el que el Gobierno vuelve a exigir de los ciudadanos mayores sacrificios, vía impuestos o vía reducción de salarios de empleados públicos. Resulta entonces imperioso que todos veamos un esfuerzo equivalente (sino mayor) en nuestros gobernantes.

En cuanto a las razones que llevaron a Ferrer a separarse, se tejen diversas especulaciones.

Algunos sostienen que recibió una gran presión del radicalismo, que no podía en este momento tolerar que el nieto de uno de sus arquetipos de conducta moral (el Dr. Ricardo Balbín) se viera involucrado en semejante incordio.

Pero otros piensan que lo que motivó la renuncia de Ferrer fue el temor al escándalo mediático que significaría su inminente enjuiciamiento público.

Si ésta fuera la verdadera razón, estaríamos en presencia de otro cambio que debemos recibir con alegría: el temor al castigo funciona también para los jueces.

Una de las funciones de la ley es impedir ciertas conductas mediante la amenaza de una sanción.

Pero existe un componente subjetivo, que es la real creencia acerca de la posibilidad efectiva del castigo.

Hace no mucho tiempo, tal "amenaza" no era tal: los funcionarios cuestionados no creían posible que fueran a ser realmente condenados y continuaban en su cargo aprovechando las ventajas que sus fueros les proporcionaban.

Hoy no es así.

Estamos en el buen camino.