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El juez que la empresa Torneos y
Competencias denunció por extorsión renunció a su cargo. La sociedad ya
no acepta la permanencia en su cargo de los magistrados seriamente
cuestionados. |
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Finalmente el juez Ferrer renunció a su cargo.
No podemos sino celebrar esta noticia.
Ciertamente, nadie pretende condenar al renunciante antes de
garantizarle con plenitud el ejercicio de su derecho a defenderse y
dar las explicaciones del caso.
Pero lo que no podría tolerarse en el actual estado de desprestigio
del Poder Judicial es la permanencia en su |
| asiento de otro juez al que
públicamente se ha imputado la comisión de un delito gravísimo
en perjuicio de una empresa sometida a su jurisdicción. Máxime
cuando se trata precisamente de la clase de delito que sólo un juez
puede cometer: supeditar el tenor de sus resoluciones a la obtención
de una suma de dinero. |
Se dice que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino también
parecerlo.
Los jueces (al igual que los diputados, senadores,
funcionarios salientes del Poder Ejecutivo y demás responsables directos del quehacer
nacional) deben dar una imagen de absoluta transparencia, acorde a sus responsabilidades e
investidura.
Es lo mínimo que pueden hacer en un contexto
económico y social deprimido, en el que el Gobierno vuelve a exigir de los ciudadanos
mayores sacrificios, vía impuestos o vía reducción de salarios de empleados públicos.
Resulta entonces imperioso que todos veamos un esfuerzo equivalente (sino mayor) en
nuestros gobernantes.
En cuanto a las razones que llevaron a Ferrer a
separarse, se tejen diversas especulaciones.
Algunos sostienen que recibió una gran presión
del radicalismo, que no podía en este momento tolerar que el nieto de uno de sus
arquetipos de conducta moral (el Dr. Ricardo Balbín) se viera involucrado en semejante
incordio.
Pero otros piensan que lo que motivó la renuncia
de Ferrer fue el temor al escándalo mediático que significaría su inminente
enjuiciamiento público.
Si ésta fuera la verdadera razón, estaríamos en
presencia de otro cambio que debemos recibir con alegría: el temor al castigo funciona
también para los jueces.
Una de las funciones de la ley es impedir ciertas
conductas mediante la amenaza de una sanción.
Pero existe un componente subjetivo, que es la real
creencia acerca de la posibilidad efectiva del castigo.
Hace no mucho tiempo, tal "amenaza" no
era tal: los funcionarios cuestionados no creían posible que fueran a ser realmente
condenados y continuaban en su cargo aprovechando las ventajas que sus fueros les
proporcionaban.
Hoy no es así.
Estamos en el buen camino.
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