LOS ARGENTINOS HEMOS FRACASADO

Por Felipe Nicolás Yaryura Tobías
16/03/01

A casi 200 años del nacimiento de nuestro país, no hemos logrado crear un lugar digno de ser habitado ni un pueblo ejemplar. Los políticos son los principales responsables, pero no los únicos.

+ Opine sobre la nota
+ Recomiende esta nota

Un sistema político en el cual, a pesar de las periódicas elecciones, la gente no se siente representada. Los políticos "profesionales" subsisten sólo gracias a la ausencia de eventuales competidores. Y estos últimos, o bien no se sienten motivados a efectuar el renunciamiento que importaría dedicarse a las cosas públicas de un modo decente, o bien son repelidos por el sistema reinante.

Un sistema económico en el cual el sector privado carece de creatividad y también de recursos. Las empresas grandes subsisten a costillas de su alianza con los políticos y las pequeñas y medianas no están en condiciones de competir.

Un sistema tributario en el cual, a pesar de la enorme presión y carga impositiva que grava la actividad privada, la gente no percibe el correlativo buen empleo de dichos recursos en educación, seguridad o promoción social.

Un sistema social repleto de excluídos e indigentes que son empujados día a día a la marginalidad y al delito, mientras que unos pocos ostentan frívolamente las sonrisas que el destino les ha deparado, alimentando un sistema materialista de valores que sólo puede causar más enojo y sentimiento de inferioridad en quienes no pueden acceder a ciertos bienes.

Un sistema educativo fracturado: escuelas públicas mediocres para muchos; colegios privados caros para unos pocos. Y la fantasía instaurada de -algún día- emigrar a completar estudios universitarios en el exterior y, tal vez, radicarse allí de modo definitivo.

Un recambio poblacional a través del cual quienes pudieron acceder a ciertos niveles educativos buscan otros rumbos (junto con algunos de nuestros marginales locales) mientras que recibimos a los que vienen expulsados de sistemas económicos aún más agraviantes que el nuestro. Entiéndase que debemos y queremos abrir nuestro país "a todos los hombres del mundo..." pero no logramos que aprovechen esta invitación más que quienes no tienen para comer en sus propios países de origen.

Un sistema judicial lento, ineficaz y en muchos estratos corrupto, que no crea seguridad ni garantiza el imperio del derecho para la mayoría de quienes a él deben recurrir.

Una policía que oscila entre las imputaciones de venalidad y el sacrificio diario de muchos de sus hombres en una lucha desigual contra el crimen y, por qué negarlo, contra quienes en un sistema económico apenas mejor no se habrían encontrado jamás con un revólver en la mano.

Un sistema sindical en el que los trabajadores tampoco se sienten representados por dirigentes que se perpetúan en sus cargos sin siquiera ruborizarse cuando exhiben un patrimonio y un nivel de vida que no son acordes a su condición y la de sus afiliados.

Un sistema de salud con hospitales colmados y sin recursos, médicos mal pagados y empresas privadas que, naturalmente, satisfacen este esencial derecho sólo a quienes están en condiciones de pagarlo de su bolsillo.

Unos pocos argentinos por sincera vocación y otros muchos porque no les queda más remedio, tratan de trabajar, comerciar y producir día a día. Gran parte de su esfuerzo va a las arcas estatales a solventar un gasto público tan gigantesco como mal empleado, pues no "vuelve" a la gente en educación, salud o seguridad.

Porque tenemos un estado torpe y corrupto, compadrito a la hora de cobrar y exigir, pero moroso en el momento de cumplir con sus deberes y funciones para con sus habitantes.

Esos argentinos salen a la calle con miedo de ser privados de su libertad en un taxi, asaltados en un semáforo o baleados al quedar en medio de uno de los tantos tiroteos que cada día ocurren en las ciudades más importantes del país. Algunos de ellos se refugian en un barrio cerrado, otros contratan empresas privadas de seguridad (que a su vez van conformando un pequeño ejército sin adecuados controles), la mayoría hace cola en los consulados de Italia y España a la búsqueda de la memoria de algún tatarabuelo que les abra las puertas del reino.

Pero la triste realidad es que, a casi 200 años de la Revolución de Mayo, los argentinos, lejos de cumplir con los sueños de nuestros próceres y quienes sacrificaron vida, honra y patrimonio en la construcción de una sociedad libre, hemos creado un país y un sistema del que nosotros mismos queremos escapar cuanto antes.

Admito que es muy poca la responsabilidad que se puede endilgar a nuestra generación, pues muchas de las causas de esta tragedia comenzaron e incluso finalizaron antes de que naciéramos.

Pero en algún momento comenzaremos a sentirnos culpables por omisión, ya que -aunque no hayamos elegido este engendro de país- por el solo hecho de aquí haber nacido y crecido tenemos el deber de poner lo mejor de nosotros para transformarlo.

Los argentinos hemos fracasado. No pudimos establecer un país libre, seguro, justo y próspero. Esto es un fracaso de todos: de nuestros padres, nuestros abuelos, de nosotros mismos y, pronto, de nuestros hijos.

Tal vez deberíamos comenzar a pensar en los grandes sacrificios que en forma individual, colectiva y ecuánime deberemos afrontar durante varios años más.

No queda más remedio que comenzar desde cero la fundación de un nuevo país. Porque el que tenemos, ya ha muerto.