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A casi 200 años del
nacimiento de nuestro país, no hemos logrado crear un lugar digno de ser
habitado ni un pueblo ejemplar. Los políticos son los principales
responsables, pero no los únicos.
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Un
sistema político en el cual, a pesar de las periódicas elecciones, la
gente no se siente representada. Los políticos "profesionales"
subsisten sólo gracias a la ausencia de eventuales competidores. Y estos
últimos, o bien no se sienten motivados a efectuar el renunciamiento que
importaría dedicarse a las cosas públicas de un modo decente, o bien son
repelidos por el sistema reinante.
Un
sistema económico en el cual el sector privado carece de creatividad y
también de recursos. Las empresas grandes subsisten a costillas de su
alianza con los políticos y las pequeñas y medianas no están en
condiciones de competir.
Un
sistema tributario en el cual, a pesar de la enorme presión y carga
impositiva que grava la actividad privada, la gente no percibe el
correlativo buen empleo de dichos recursos en educación, seguridad o
promoción social.
Un
sistema social repleto de excluídos e indigentes que son empujados día a
día a la marginalidad y al delito, mientras que unos pocos ostentan
frívolamente las sonrisas que el destino les ha deparado, alimentando un
sistema materialista de valores que sólo puede causar más enojo y
sentimiento de inferioridad en quienes no pueden acceder a ciertos bienes.
Un
sistema educativo fracturado: escuelas públicas mediocres para muchos;
colegios privados caros para unos pocos. Y la fantasía instaurada de
-algún día- emigrar a completar estudios universitarios en el exterior
y, tal vez, radicarse allí de modo definitivo.
Un
recambio poblacional a través del cual quienes pudieron acceder a ciertos
niveles educativos buscan otros rumbos (junto con algunos de nuestros
marginales locales) mientras que recibimos a los que vienen expulsados de
sistemas económicos aún más agraviantes que el nuestro. Entiéndase que
debemos y queremos abrir nuestro país "a todos los hombres del
mundo..." pero no logramos que aprovechen esta invitación más que
quienes no tienen para comer en sus propios países de origen.
Un
sistema judicial lento, ineficaz y en muchos estratos corrupto, que no
crea seguridad ni garantiza el imperio del derecho para la mayoría de
quienes a él deben recurrir.
Una
policía que oscila entre las imputaciones de venalidad y el sacrificio
diario de muchos de sus hombres en una lucha desigual contra el crimen y,
por qué negarlo, contra quienes en un sistema económico apenas mejor no
se habrían encontrado jamás con un revólver en la mano.
Un
sistema sindical en el que los trabajadores tampoco se sienten
representados por dirigentes que se perpetúan en sus cargos sin siquiera
ruborizarse cuando exhiben un patrimonio y un nivel de vida que no son
acordes a su condición y la de sus afiliados.
Un
sistema de salud con hospitales colmados y sin recursos, médicos mal
pagados y empresas privadas que, naturalmente, satisfacen este esencial
derecho sólo a quienes están en condiciones de pagarlo de su bolsillo.
Unos
pocos argentinos por sincera vocación y otros muchos porque no les queda
más remedio, tratan de trabajar, comerciar y producir día a día. Gran
parte de su esfuerzo va a las arcas estatales a solventar un gasto
público tan gigantesco como mal empleado, pues no "vuelve" a la
gente en educación, salud o seguridad.
Porque
tenemos un estado torpe y corrupto, compadrito a la hora de cobrar y
exigir, pero moroso en el momento de cumplir con sus deberes y funciones
para con sus habitantes.
Esos
argentinos salen a la calle con miedo de ser privados de su libertad en un
taxi, asaltados en un semáforo o baleados al quedar en medio de uno de
los tantos tiroteos que cada día ocurren en las ciudades más importantes
del país. Algunos de ellos se refugian en un barrio cerrado, otros
contratan empresas privadas de seguridad (que a su vez van conformando un
pequeño ejército sin adecuados controles), la mayoría hace cola en los
consulados de Italia y España a la búsqueda de la memoria de algún
tatarabuelo que les abra las puertas del reino.
Pero
la triste realidad es que, a casi 200 años de la Revolución de Mayo, los
argentinos, lejos de cumplir con los sueños de nuestros próceres y
quienes sacrificaron vida, honra y patrimonio en la construcción de una
sociedad libre, hemos creado un país y un sistema del que nosotros mismos
queremos escapar cuanto antes.
Admito
que es muy poca la responsabilidad que se puede endilgar a nuestra
generación, pues muchas de las causas de esta tragedia comenzaron e
incluso finalizaron antes de que naciéramos.
Pero
en algún momento comenzaremos a sentirnos culpables por omisión, ya que
-aunque no hayamos elegido este engendro de país- por el solo hecho de
aquí haber nacido y crecido tenemos el deber de poner lo mejor de
nosotros para transformarlo.
Los
argentinos hemos fracasado. No pudimos establecer un país libre, seguro,
justo y próspero. Esto es un fracaso de todos: de nuestros padres,
nuestros abuelos, de nosotros mismos y, pronto, de nuestros hijos.
Tal
vez deberíamos comenzar a pensar en los grandes sacrificios que en forma
individual, colectiva y ecuánime deberemos afrontar durante varios años
más.
No
queda más remedio que comenzar desde cero la fundación de un nuevo
país. Porque el que tenemos, ya ha muerto.
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