LOS ABOGADOS LITIGANTES Y SU DINERO
PRIMERA NOTA: EL VERANO TAN TEMIDO

Por Félipe Nicolás Yaryura Tobías
12/11/01

Se avecina la peor época del año para los litigantes. Son necesarias acciones concretas que permitan recuperar el ingreso de los abogados y muchas de ellas nada tienen que ver con la macroeconomía ni el riesgo país, sino con la solidaridad, la creatividad y la unidad.

+ Opine sobre la nota
+ Recomiende esta nota

Ya ingresamos en los peores meses del año para los abogados litigantes. Por un lado, el calor se va haciendo presente y vuelve un verdadero martirio la recorrida de los Tribunales, entre una multiplicidad de edificios distantes entre sí pero hermanados por la falta de aire acondicionado, cruzando las plazas y las avenidas bajo el rayo del sol pero con saco y corbata. Todo para hacer una cola interminable en cuyo extremo algún empleado de mesa de entradas nos dirá sin mucha aflicción que nuestro expediente no está en letra y que no sabe por qué no está ni se encuentra él dispuesto a hacer absolutamente nada para que podamos verlo, fíjese usted la cola que tiene detrás.

Mientras tanto, vencen las expensas del Estudio y las de casa. Por suerte terminan las clases y hasta marzo no tenemos más gastos del colegio de los chicos, pero ¿qué hacemos con ellos? ¿los dejamos en casa viendo la tele?

Para colmo de males, cerramos los ojos y cuando los abrimos ya es 15 de diciembre, con un clima de "fin de año" en los juzgados que hasta impide recibir o despachar cédulas, fijar audiencias, dictar sentencias o cualquier clase de trámite.

Vendrá luego la interminable feria judicial de enero y, en febrero recomenzando la actividad, un clima pesado similar al de diciembre pero con un humor mucho más fiero, con menos plata, menos perspectivas, los chicos que siguen viendo televisión en casa con treinta y cinco grados a la sombra, y nosotros sin un minuto para ocuparnos de ellos. Al fin y al cabo, para qué una feria tan larga. A duras penas nos fuimos unos días a una playa a gastar lo menos posible.

Llegamos así a la paradoja de que, lo que en algún momento fueron nuestras grandes reivindicaciones, hoy se vuelven una fuente más de escasez.

Contar con un mes al año de "feria judicial" de verano representó en su momento toda una afirmación a favor de la independencia profesional. Sólo con un esquema de esa naturaleza podían los estudios medianos, pequeños y unipersonales organizar su actividad. En un sistema procesal que exige a los abogados concurrir al menos dos veces por semana a notificarse al Tribunal y obrar en consecuencia, resultaba prácticamente imposible tomar vacaciones si no es con los Juzgados cerrados.

Y las vacaciones hacían también a la calidad de vida, al tiempo para la familia, a poder despejarse del trajín diario, tomar distancia y perspectiva, evaluar el año que terminaba y planificar el entrante.

Hoy en cambio, ya en límites insostenibles de caída de ingreso, algunos colegas comienzan a ver la feria como un castigo. No sólo no pueden irse de vacaciones como querrían porque no tienen con qué, sino que además les impide ganarse los pocos pesos que en estos días se pueden encontrar en la profesión liberal.

También los aranceles y honorarios mínimos hacían a la dignidad profesional. Pero un buen día Cavallo y Menem, montados en algunas regulaciones que en verdad eran disparatadas (pero siempre de otros) decapitaron por decreto una ley nacional. Todos somos conscientes de que esa ley de aranceles merecía un aggiornamiento, que en un mundo informatizado pasar un testimonio no es lo mismo que hace 30 años y que los honorarios sucesorios, esos sí, estaban un poco salados. Pero de ahí a privar a los litigantes del honorario mínimo había un mundo.

Finalmente, la catástrofe económica llevó en nuestro país a la multiplicación de las contiendas judiciales, todas las que invariablemente tienen lugar en juzgados que no sólo no han crecido en número, sino que cada vez tienen menos funcionarios, pues la morosidad del Consejo de la Magistratura mantiene vacantes aquéllos cuyos titulares mueren, renuncian o se apartan por problemas con la ley.

Cuáles son los resultados de esta nueva realidad:

El primero, el más evidente, que todo cuesta muchísimo más trabajo. Antes un pleito ejecutivo requería algunos pocos pasos procesales, tal vez dejar nota en dos ó tres oportunidades (prácticamente sólo para el traslado del memorial o para la concesión del recurso). Hoy, en cambio, exige concurrir muchas más veces (despacho atrasado), a formar filas más largas (congestión de expedientes), recibir una peor atención (deterioro de la calidad del personal judicial) y someterse a imprevistos que cada vez lo son menos: robo de expedientes, extravío de oficios, testimonios, cédulas y escritos, cosas mal encasilladas o mal agregadas, o encontrar en nuestros juicios escritos ajenos. Sin contar lo que pasa de Tribunales para afuera: paros en el Registro de la Propiedad, en la Inspección de Justicia, etc.

El segundo, no menos notable, la disminución del ingreso en términos absolutos (la verdad es que las regulaciones son cada vez más bajas) y relativos: si antes por un trabajo que demandaba 30 horas regulaban 100 pesos, hoy el mismo trabajo  lleva 60 horas pero regulan 50 pesos.

Ahora bien, estos dos datos "evidentes" aparejan otros mucho más graves y que son consecuencia de ellos.

A título enunciativo: la degradación de la calidad del trabajo profesional y del compromiso con el cliente, la pérdida de independencia, la pauperización y desaparición de los estudios unipersonales y pequeños, la concentración del trabajo en pocas manos y, a la larga, el resentimiento de las garantías constitucionales y el acceso a la justicia. Hay algunas Secretarías en las que más vale tener un amigo.

Vuelvo al ejemplo de siempre: mañana cruza por la puerta de nuestro Estudio la viejita arquetípica, viuda de un señor que trabajó hasta la tumba y que todo lo que tiene en la vida es una pensión de menos de $ 200, el departamento en el que vive, cuyo mantenimiento y gastos le insumen más de esos $ 200 y otro departamento, un poco más grande, que alquila en $ 400 y con cuyo producido atiende sus gastos, come y punto. Resulta que el inquilino ni le paga ni se va y que las garantías eran "truchas" o volaron y "estoy desesperada qué hago Doctor". Buena pregunta: ¿qué hacemos?

Queda abierto el debate, pero seguiremos con estas notas.